
Unos ojos atraviesan la frialdad de la jaula hasta encontrarse con los tuyos. Junto a ese perro, otro se levanta con la mirada de las mil yardas. A su lado muchos más se pierden en el tumulto de las centenas. No hace falta la palabra hablada, compartimos las emociones y eso nos alcanza para entender lo que duele el abandono y lo que pesa el encierro. Al imaginar las condiciones de vida de estos animales, el estómago se aprieta, los músculos se tensan y se agita el corazón. Alguien tiene que hacer algo, alguien es responsable, alguien tiene que pagar.
La semilla de empatía rápidamente se convierte en una tristeza a la que le crecen brotes de rabia. Ese es el tono emocional que ha teñido la conversación sobre el Refugio Franciscano. Sin embargo, como bien lo saben activistas y protectoras, existen otros espacios que operan con sobrepoblación de canes y escasez de recursos, lo que afecta la calidad de vida de los perros. A ello se suman cientos de animales atendidos de forma independiente en casas particulares que se convierten en hogares temporales.
Se trata de un trabajo de cuidados cotidianos y continuos que impacta en la economía, la salud y en la vida social de las mujeres. Porque sí: hasta un 80% de las personas involucradas en estas tareas son mujeres. Ellas están al frente de la protección y el rescate, engrosan las filas del activismo y sostienen, con tiempo, cuerpo, voz y recursos propios, cuidados que ni el Estado ni la sociedad ha asumido. Esta es una de las tramas en la historia de la que poco se ha hablado. Porque la rabia, por digna que sea, deja poco espacio a la reflexión*.
Así, lo que comenzó como una noticia vinculada a los derechos de los animales, se transformó rápidamente en un conflicto polarizado, atravesado por versiones contradictorias y juicios morales contundentes. En el tablero moral aparecieron facciones enfrentadas en un juego en el que nadie quedó ileso.
Según la versión que se escuchara, el Refugio fue presentado como víctima de despojo o como un lugar de maltrato. La Fundación en litigio por el predio apareció como un ente movido por la avaricia, invisibilizando el trabajo que ha realizado para atender a animales en situación de vulnerabilidad. Las activistas que han sido visibles en esta historia se redujeron a figuras oportunistas, dejando de lado su contribución a logros importantes en materia de derecho animal. Buenas y malas. Víctimas y victimarias.
La empatía inicial por los perros fue desplazándose por el conflicto entre humanos. “¿Quién es responsable por los franciscanitos?” es una pregunta más cómoda que aquellas que nos obligan a mirar el hecho de que México sea un país con alta tasa de violencia hacia los animales.
El sufrimiento de los perros terminó funcionando como un recurso para disputar no solo un terreno, sino reputaciones, trayectorias y legitimidades. La rabia derivó en linchamientos simbólicos contra personas que han contribuido el bienestar concreto de miles de canes. No es menor señalar que muchas de estas funas se dirigieron contra mujeres, acompañadas de mensajes misóginos, una muestra de que el sexismo y el especismo suelen retroalimentarse.
Incluso surgieron discursos que, fundados en una visión antropocéntrica de los afectos y las redes de pertenencia, reactivaron prejuicios. Al hacerlo, invirtieron las responsabilidades: patologizan a quienes se hacen cargo de los perros, mientras evitan problematizar a una sociedad que produce, violenta y desecha a otros animales.
La invitación en este texto es otra. En principio, salir de las posturas reactivas que simplifican y condenan todo, pues es una falsa salida la que identifica causas individuales para un problema sociocultural, como lo es el de la población canina en la calle. Esta situación es producto de prácticas culturales profundamente arraigadas: la cría y compraventa de perros motivada por inclinaciones estéticas o por moda; el maltrato y el abandono cuando el animal deja de cumplir la función deseada.
En las calles, los perros enfrentan no solamente la inanición o enfermedades, sino también violencias que llegan a ser atroces: se les utiliza en peleas, como objetos de descarga sexual o se les tortura. Frente a estos escenarios, rescatistas y protectoras hacen lo posible, muchas veces aciertan, otras se ven rebasadas y, sin proponérselo, pueden reproducir formas de maltrato.
Sin duda es necesario cuestionar qué entendemos por cuidados hacia otras especies, pero lejos de escenarios de linchamiento. Las soluciones a problemas de tal dimensión avanzan al ritmo de aproximaciones imperfectas y también de alianzas flexibles.
Conviene recordar, además, que el linchamiento simbólico funciona como una forma de expiación: canaliza la culpa de una sociedad que violenta a los perros, atacando a quienes de alguna manera los han cuidado: albergues, activistas, fundaciones. En ese proceso, mientras se deslegitiman trayectorias, se reproduce también la violencia que se desea combatir.
De ahí la importancia de que la empatía no se agote en la rabia inmediata. Sino que madure hacia una esperanza activa -recuperando la noción de Joanna Macy- capaz de sostener el dolor del otro y comprometerse a aliviarlo, asumiendo que somos seres interdependientes, no sólo entre humanos, sino también con otros animales.
La tarea es ardua y no debe postergarse. Se requieren acciones colectivas capaces de detonar cambios culturales, pero también de exigir que el Estado asuma la responsabilidad que le corresponde. Esto implica una política pública que no se limite a regular albergues, sino que atienda el problema en varios niveles: regulación de la cría y venta de perros; educación sobre las relaciones humano-caninas basadas en evidencia; campañas de esterilización de amplio alcance; fomento a la adopción; y, de manera central, la dignificación del trabajo de cuidados que ya realizan rescatistas integrándolo en esquemas de colaboración respaldados por recursos públicos.
Dejemos la polarización y empecemos otra conversación, ¿qué tendría que cambiar en nuestra manera de vivir y vincularnos con los perros para que la empatía no se convierta en linchamiento, sino en la construcción colectiva de una política de cuidados interespecie que nos implique a todas y todos?
*En este video se puede ahondar en quiénes y cómo se realizan estos cuidados: https://www.youtube.com/watch?v=TOlOJMFsJCY