
Si al escritor francolibanés Amin Maalouf alguien le hubiera dicho cuando era joven que algún día tendría en todo momento el conocimiento del universo al alcance de sus dedos, que conversaría cara a cara con hijos y nietos del otro lado del mundo o que podría participar en conferencias internacionales sin salir de su habitación, asegura que habría pensado que se trataba de “una utopía mágica en un mundo lejano, no algo que llegaría a cumplirse en mi propia vida”.
Pero además de asombrarse porque nuestra especie ha hecho realidad en las últimas décadas sueños que acariciaba desde hace milenios sin imaginar que se harían posibles, Maalouf se angustia.
Traducido del francés al español por Dulce María Zúñiga, tras recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, el escritor y periodista Amin Maalouf (Beirut, 1949) habló sobre el desfase entre desarrollo tecnológico en comparación con el desarrollo mental y moral de la humanidad entera en las últimas décadas.
“Una de las grandes características de nuestro tiempo es que todo lo que pertenece al ámbito de la ciencia y la técnica avanza sin pausa, cada vez más rápido; mientras que lo que pertenece a nuestra evolución moral tropieza, se desvía o incluso retrocede”, declaró.
Y es que entre sus fascinaciones y decepciones en épocas recientes, Maalouf identificó “que las primeras están todas relacionadas con el avance de las ciencias y de la tecnología, mientras que las segundas lo están con la evolución de nuestras mentalidades”.
Hoy, explicó, el mundo atraviesa “una época desconcertante, a veces aterradora, pero al mismo tiempo uno de los periodos más fascinantes que ha vivido la Humanidad. Ante esto, añadió, la literatura es más necesaria que nunca
Antes, añadió, hubo una época, antes de ahora, cuando él estuvo convencido de que la justicia, la libertad, la paz, el conocimiento y la democracia, se extenderían de manera inevitable por todo el planeta y que las naciones tendrían relaciones cada vez más amables, respetuosas, cercanas, incluso íntimas.
“Pensaba que la voz de las grandes organizaciones internacionales sería escuchada, respetada, tomada en cuenta tanto por las naciones más poderosas como por las más pequeñas. Que el universalismo y los valores que le son propios se extenderían por todo el mundo; que las grandes ideologías y las religiones más importantes destacarían, a partir de entonces, sus semejanzas, sus puntos de convergencia, más que sus diferencias. Y, por supuesto, creía también que la barbarie de la guerra —esa presencia constante en la historia humana— acabaría volviéndose, poco a poco, inconcebible”, expresó.
“Jamás habría imaginado que la guerra regresaría con tanta fuerza al centro de la actualidad; no solo en mi región de origen, el Levante, sino también en mi patria adoptiva, Europa” destacó y agregó la incredulidad ante el salvajismo que ha alcanzado la violencia, “más mortífera que en los tiempos de mi nacimiento, hace ya tres cuartos de siglo”.
“Tampoco habría imaginado que la voz de las organizaciones internacionales se volvería casi inaudible, que su influencia no dejaría de debilitarse, y que el mundo terminaría rigiéndose por la ley del más fuerte —la propia ley de la selva”, continuó.
Incluso la democracia, en países donde parecía definitivamente consolidada, se ha visto debilitada y amenazada por tentaciones tiránicas, mientras que con la inteligencia artificial ha llegado una aceleración del desarrollo tecnológico.
“Hoy vivimos una aceleración dentro de la aceleración, con transformaciones profundas que ya no ocurren cada cinco o diez años, sino cada año… o incluso de un trimestre a otro”, apuntó.
Aunque se considera a sí mismo como alguien que observa los cambios —incluso los más desconcertantes— sin prejuicios ni temor, considera que la capacidad de perfeccionamiento de estas nuevas herramientas parece no tener límites. En cambio, nuestras mentalidades ya son totalmente incapaces de seguir ese ritmo.
“Procuro mantener una mirada positiva; pero también debo conservar la lucidez. Y eso me obliga a reconocer, por ejemplo, que estamos asistiendo a una nueva carrera armamentista, con instrumentos cada vez más sofisticados; sé que existen riesgos de descontrol asociados a las nuevas tecnologías —ya sea la inteligencia artificial, cuyo rumbo futuro y grado de dominio nadie puede prever con certeza—o las biotecnologías, que hoy nos ayudan a vivir más tiempo y con mejor salud, pero que, si se usan de manera imprudente o malintencionada, podrían poner en peligro la integridad física y mental de la especie humana… o incluso la supervivencia”, manifestó.
LA REFLEXIÓN
De acuerdo con el escritor reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2010, así como miembro y secretario perpetuo de la Academia Francesa, estos riesgos son de una tal magnitud que exigen de nosotros vigilancia, sentido de la responsabilidad y una conciencia auténtica del bien común para que la humanidad se eleve por encima de sus codicias, de sus egoísmos, de sus prejuicios.
“En otras palabras, que alcance un nivel moral a la altura de los desafíos que enfrenta. Por desgracia, no es eso lo que vemos ahora, nuestra evolución moral no solo avanza más lentamente que la evolución científica y técnica, sino que hoy en día atraviesa una verdadera regresión: una regresión del universalismo, una regresión de la democracia, una regresión del Estado de derecho y esto ocurre en todo el planeta”.
A pesar del inquietante diagnóstico, Amin Maalouf no se declaró desesperado ni resignado.
“Soñar con regresar al mundo de antes no tiene sentido si realmente queremos salir del atolladero. Nunca volveremos al mundo de antes. Podemos lamentarlo o celebrarlo, pero en todo caso debemos ser conscientes de ello para poder avanzar”, advirtió.
A propósito de esto destacó que la investigación científica tiene su propia lógica en la que un descubrimiento lleva a otro, un avance conduce al siguiente y si un gran científico decide dejar de investigar, otros lo reemplazarán y lo superarán.
“Las mentalidades, a diferencia de la ciencia, no avanzan por sí mismas (...) En resumen: en el terreno de la ciencia y la técnica, los avances se producen por sí solos y son irreversibles; en cambio, en el terreno de las mentalidades, los progresos solo ocurren si actuamos, y son —por desgracia— reversibles”.
Para él, la única forma sensata de responder a ese desafío es acelerar, en paralelo, la evolución de nuestras mentalidades: “prepararnos y preparar a las nuevas generaciones para comprender el mundo que las rodea y poder influir en él”.
“La solución no es oponerse al progreso tecnológico, ni rechazarlo, negarlo o cerrar los ojos ante él. La solución es apropiarnos de ese progreso, ponerlo al servicio del ser humano, de su dignidad, de su libertad; convertirlo en un instrumento de liberación, y no de sometimiento. Ese es exactamente el papel que debe desempeñar la literatura en el siglo XXI”.
LAS MISIONES DE LA LITERATURA
En su discurso, Amin Maalouf planteó 3 misiones fundamentales para la literatura de nuestros tiempos. La primera es hacernos conscientes de la complejidad del mundo en que vivimos.
“Porque el primer derecho y el primer deber de una persona libre es entender el mundo, saber cómo se transforma y hacia dónde va, para poder contribuir a su avance y también para poder protegerse de sus peligros”.
La segunda misión que tienen los escritores y los libros es convencernos de que, a pesar de nuestras diferencias, de nuestras enemistades, de los resentimientos que nos dividen, nuestro destino se ha vuelto común. “O sobrevivimos juntos, o desaparecemos juntos”, sentenció.
Finalmente, la tercera misión es arrojar luz sobre los valores esenciales del ser humano, como la dignidad, la libertad, el respeto mutuo, y la convivencia armoniosa, para mostrar lo que significan y cómo deberían encarnarse.
“Estoy convencido de que la literatura es hoy más indispensable que nunca en la historia humana, le corresponde reparar el presente e imaginar el futuro”.