
Estamos en diciembre, esa época del año en que la humanidad finge que sabe dar y, peor aún, que sabe recibir.
Es la temporada alta de Judas.
No del traidor de catecismo, sino del arquetipo que nos enseñó la lección más incómoda sobre la generosidad: el favor es una trampa que se tiende de a dos.
Creemos que el ingrato nace de la ayuda no solicitada.
Qué ingenuidad. La ingratitud más pura, la de calidad artesanal, florece precisamente cuando el favor es rogado.
Pedir es la humillación original. Es poner la propia carencia sobre la mesa y esperar a que otro la tase. El que pide se arrodilla; el que da, se eleva sobre ese gesto.
Y el favor concedido no borra la genuflexión. Al contrario: la inmortaliza. La convierte en deuda. Por eso, la ingratitud no es un acto de olvido, sino de memoria rabiosa.
Es la venganza, no contra el favor, sino contra el recuerdo insoportable de haber tenido que pedirlo.
LA GRATITUD COMO FORMA ELEGANTE DEL RENCOR
El agradecido es un deudor con buenos modales. Su gratitud no es alegría, es el pago puntual de un interés invisible. Cada “gracias” es un recordatorio de su propia insuficiencia.
Por eso el sabio popular desconfía del hombre excesivamente agradecido; intuye que bajo la reverencia se esconde el cálculo. Napoleón, estratega del campo de batalla y del alma, lo sabía: “¿Qué favor le hice para que me odie así?”.
El favor es un acto de poder disfrazado de caridad. Es la forma más sutil de colonizar al otro. El benefactor se convierte en un acreedor existencial, y el agradecido, en un inquilino precario en su propia vida.
La traición del ingrato es, en este tablero, una simple declaración de independencia. Un acto brutal de descolonización personal.
El golpe no es para herir, es para borrar la firma del otro de la propia alma.
LA POLÍTICA, O EL ARTE DE DEVORAR AL PADRE
En ningún sitio se representa mejor este drama que en el teatro del poder.
La política es la institucionalización de la ingratitud. Su motor no es la lealtad, sino la ambición, y la lealtad es el primer lastre que un político arroja por la borda para que su nave vuele más alto.
El protegido que traiciona a su mentor no es una anomalía del sistema; es el sistema funcionando a la perfección. El “padre” político crea al “hijo” a su imagen y semejanza, le enseña los secretos del oficio, le abre las puertas.
Y en ese mismo acto, le enseña que la única forma de ocupar su lugar es aniquilándolo. La traición política no es personal, es estructural. Es un parricidio necesario, el rito de paso que demuestra que el aprendiz ha superado al maestro en la única habilidad que importa: la voluntad de poder.
Aplaudimos al triunfador, olvidando que su trono está construido sobre los huesos de quien se lo cedió.
CONFESIONES DE UN BENEFACTOR SOBERBIO
Cervantes escribió que el mayor pecado era el desagradecimiento.
Qué consuelo tan elegante para el benefactor. He sido objeto de traiciones de manual, de esas que harían asentir al propio Bruto con gesto de conocedor.
Y durante años, me arropé en la certeza del Quijote, posando de víctima. Qué soberbia más cómoda.
Hoy, con la frialdad del forense, me pregunto si no fui yo el que dispuso el escenario del crimen.
Quizás mi confianza no fue una virtud, sino una forma perezosa de la vanidad.
Pero más allá de la culpa, que es un lujo de novelas, queda un residuo más interesante: el asco.
No el asco caliente del resentido, sino el asco frío del entomólogo que observa un insecto.
Es la repulsión, no hacia la traición, sino hacia la mediocridad del traidor; la náusea ante la previsibilidad de su cálculo.
El deseo, entonces, no es de venganza, sino de cuarentena. De no volver a compartir el aire, no por herida, sino por una simple cuestión de higiene intelectual.
Así que, en esta temporada de afectos de calendario, la pregunta no es a quién le darán el beso de Judas. La pregunta, es si serás capaz de ver la tarifa de las treinta monedas escrita en la sonrisa de quien te pide el próximo favor.