
Hay una paradoja que hemos normalizado con demasiada facilidad:para mejorar el cuerpo, hay que dañarlo.
No mucho.No de golpe.Pero sí lo suficiente.
El entrenamiento moderno se construye sobre esa idea incómoda: provocar un desequilibrio para forzar una respuesta. Inflamación, microlesiones, fatiga, aumento de temperatura, sudoración excesiva. El cuerpo entra en un estado que, fuera del gimnasio o de la pista, llamaríamos sin dudarlo enfermedad.
Pero aquí lo celebramos.Le ponemos nombre técnico.Lo medimos.Lo programamos.
Entrenar es aceptar una forma controlada de daño con la esperanza de que el cuerpo no solo resista, sino aprenda. No es salud inmediata: es una apuesta a futuro.
EL CUERPO NO DISTINGUE INTENCIONES
Desde el punto de vista fisiológico, el cuerpo no sabe si la agresión proviene de una infección, de una huida o de una sesión de intervalos. No entiende de propósitos. No lee calendarios. No distingue nobleza deportiva de imprudencia.
Solo detecta estrés.
Ante ese estrés activa los mismos mecanismos: respuesta inflamatoria, activación del sistema inmune, ajustes hormonales, redistribución de energía. El lenguaje interno del cuerpo es simple y brutalmente eficaz. Todo lo demás —motivación, disciplina, orgullo— ocurre fuera de él.
Por eso el entrenamiento se parece tanto a enfermar. La diferencia no está en el síntoma, sino en lo que ocurre después.La enfermedad irrumpe sin promesa.El entrenamiento, en teoría, incluye recuperación.
Cuando esa recuperación falla —por exceso de sesiones, por falta de descanso, por presión externa o por una cultura que glorifica el “no parar”— el cuerpo deja de adaptarse y empieza a defenderse. Aparece el sobreentrenamiento, ese estado ambiguo donde ya no es claro si el cuerpo está cansado o enfermo. Porque, fisiológicamente, la frontera se vuelve borrosa.
LA MORAL DEL ESFUERZO
Aquí el problema deja de ser biológico y se vuelve cultural.
Hemos convertido el entrenamiento en una prueba de carácter. Aguantar se volvió virtud. Parar, sospecha. Escuchar al cuerpo, concesión peligrosa. En ese clima moral, los síntomas dejan de ser señales y se interpretan como debilidades personales.
Pero el cuerpo no participa en ese juicio.No se siente valiente ni cobarde.Solo responde.
Cuando entrenar se vuelve una forma de obediencia —al plan, al reloj, al entrenador, a la imagen que uno tiene de sí mismo— el daño pierde su condición de pacto y se transforma en imposición. El cuerpo sigue respondiendo, sí, pero ya no aprendiendo: resistiendo.
Y resistir cansa más que adaptarse.
Por eso hay cuerpos aparentemente fuertes que se rompen rápido, y otros menos espectaculares que duran años. No es genética pura ni voluntad heroica. Es relación con el daño. Saber cuánto, cuándo y para qué.
ENFERMAR CON SENTIDO
Decir que entrenar es enfermar un poco no busca desvalorizar el deporte. Al contrario. Busca devolverle precisión. Entrenar no es acumular estrés, sino administrarlo. No es probar cuánto se aguanta, sino cuánto se puede recuperar.
La mejora no ocurre en el momento del daño, sino en el tiempo que se le concede al cuerpo para reorganizarse. Sin ese tiempo, el entrenamiento pierde su carácter formativo y se vuelve repetición de la agresión.
Tal vez por eso el verdadero indicador de un buen entrenamiento no sea cuánto cansa, sino cómo se sale de él. Si el cuerpo recupera, si el ánimo vuelve, si el movimiento se afina. Si hay sensación de integración y no solo de desgaste.
Entrenar es enfermar un poco, sí.Pero solo vale la pena cuando el cuerpo sabe que esa enfermedad tiene salida.
Cuando no la tiene, ya no es entrenamiento.Es una insistencia ciega.Y el cuerpo —que no entiende de épica— lo dice siempre primero.