
Corría el año de 1983 y yo, con 13 años de edad, asistí, como era costumbre, a un partido de futbol con mi padre y mi hermano. No se trataba de un simple juego; era la semifinal América vs. Guadalajara. El ganador llegaría a la final para enfrentar al Puebla. Antes del juego bajaron a la cancha los líderes de las porras de Águilas y Chivas para dirigir una porra para México y le pregunté a mi padre: “¿Y por qué la porra?”. A lo que me respondió: “Porque México va a organizar el Mundial de 1986”. De inmediato le respondí con otra pregunta: “¿Que no lo iba a hacer Colombia?”. Sonrió y me dijo: “Sí, pero se rajó”.
Inició el partido, en el que América estaba ganando en el global 2-1 y, de forma increíble, Chivas les dio la vuelta ganando el juego 3-0, con la mayor bronca de todos los tiempos recordada en un juego de la liga mexicana. Sin embargo, poca atención puse al juego. El primer Mundial que había visto en mi vida por televisión fue Argentina 78, con el ridículo de México, al que se le llamó “La Esperanza Verde”, y el triunfo de Argentina en su casa. Después vino España 82, con el triunfo de Italia sobre Alemania.
El sueño de un Mundial
Durante el camino de regreso a casa venía yo muy callado. Casi al final del viaje, mi papá me preguntó: “¿Estás triste?”. Y le respondí: “¿Cómo es un Mundial?”. Entonces me empezó a explicar detalles técnicos, como las eliminatorias de acuerdo con las zonas de cada parte del mundo. Le pregunté si México debía participar en esa eliminatoria y me respondió: “Ya no, porque es sede”. Wooooow. Mis ojos se abrieron gigantes. “¿Es decir que vamos a ver a México jugar un Mundial en el Azteca?”. Y me respondió: “Hijo, sí se va a jugar el Mundial en México, pero los boletos son muy caros, así que lo veremos por la tele”.
“¿Queeeeeeeeee?”. Me encerré en mi habitación sin hablar más y solo pensaba una cosa: “Yo sí voy a estar ahí”. Empecé a idear un plan para trabajar sin dejar los estudios. Entonces me acerqué a cremerías, papelerías y tlapalerías, y en todos lados era la misma respuesta: “No puedo darte empleo, eres menor de edad”. Puffffff... pero ¿cómo?
Fui a tocar a las casas de mis vecinos y de las calles cercanas a mi casa. “Si necesita que le bañe a su perro o le corte el pasto, yo puedo hacerlo”. A algunos les causaba gracia. “Pero si te conocemos, eres el niño que vive en la calle de abajo, no te hace falta nada”. Y yo solo les decía: “Estoy haciendo un ahorro”.
Ok, entonces se empezó a correr la voz del niño que estaba juntando dinero para sus boletos del Mundial. Llamaban a mi casa para que lavara sus coches o bañara a sus perros y así, sin gastar un solo peso, durante tres años lo junté todo en un puerquito.
La recompensa al esfuerzo
Llegó el día en que se anunció que estaban a la venta los boletos para el Mundial, así que me decidí, rompí mi alcancía y vi cuánto había juntado. Me faltaba algo para la serie completa de Ciudad Universitaria y el Azteca. Mi papá me preguntó: “¿Cuánto juntaste?”. Le respondí: “Aún me falta muy poquito, pero me falta”. Solo me dijo: “No te rindas”.
Unas semanas después anunciaron que había venta de boletos libres en las taquillas del estadio y grité: “¡¡Siiiiiiiiii!!”. Me fui a comprar mis boletos, los más económicos, y los que me faltaban los fui adquiriendo con mi trabajo, que jamás dejé de hacer.
La inauguración
Jamás voy a olvidar ese sábado. Vi al Azteca vestido de fiesta. Maravilloso. Lo que estaba viendo no cabía en mis ojos. Se enfrentaban el campeón del mundo, Italia, contra Bulgaria. Futbol de alto voltaje.
Se vino la inauguración y anotó gol Alessandro Altobelli, sí, el mismo que hizo el último gol en la final de España 82, ¡y yo lo estaba viendo en vivo! Así, consecutivamente, se vinieron los demás juegos, con México eliminando a Bulgaria en un mediodía soñado y los festejos en el Ángel.
La magia de Maradona
Pero algo más me estaba maravillando. Diego Armando Maradona era como de otro mundo. Incluso verlo calentar antes del juego ya era un espectáculo.
Llegó el día de la gran final, Argentina vs. Alemania, y a mí aún me faltaban unos pesos para mi boleto. Entonces mi prima Verónica me prestó dinero, que jamás aceptó que le devolviera. Por un auténtico milagro encontré a alguien que me ofreció un boleto a precio de taquilla. Me dijo que se había enfermado su hermano y no asistiría. Sin duda lo compré y así vi a Argentina coronarse campeón del mundo.
La promesa de nunca faltar
Desde entonces decidí que jamás me perdería un Mundial. Venía Italia 90, así que un amigo de la prepa y yo planeamos irnos de polizones en un barco petrolero. Ya en Italia trabajaríamos en lo que fuera y así pagaríamos las entradas. Cosa que jamás ocurrió; solo fue una fantasía, además de que México quedó expulsado de los Mundiales por el asunto de los cachirules.
En diciembre de 1991 inicié mi carrera como periodista y de ahí se vinieron los Mundiales. El primero al que asistí ya acreditado fue USA 94 y, desde 1986, solo me perdí tres Mundiales: Italia 90, Francia 98 y Qatar 2022.
La otra cara de los Mundiales
En 40 años solo me perdí tres Mundiales. Creo que no está mal lo logrado. Todos fueron experiencias inolvidables, pero también unas friegas de no creerse. Dicho en otras palabras: ninguna empresa te paga tus vacaciones.
Lo explico de esta forma: estás cubriendo el Mundial en Corea, vas al juego o haces tu nota, tu reportaje, y la empresa te dice que te necesita a las tres de la mañana, bien presentable, porque vas al aire para presentar tu trabajo. Son experiencias maravillosas que me llevaron a lugares que jamás creí conocer, pero también jornadas maratónicas que, al día de hoy, no me explico cómo sobreviví.
Estando en Moscú, un día recuerdo que vi un autobús y pensé: “Este autobús pasa por donde estoy viviendo”. Pero, ¡madres!, llegó a la terminal, se bajaron todos y yo no llegaba. Para acabarla de fregar, ya había caído la noche. No hablo ruso, nadie habla inglés y todos los letreros estaban en ruso. ¿Qué hago?
Historias que deja el camino
De milagro traía en mi teléfono la dirección del Airbnb que nos habían rentado. Se la mostré al chofer y, con las manos, trató de explicarme que, de regreso en su ruta, pasaba por ahí. Así que me senté y, cuando vi la zona, grité en español: “¡Aquí es!”. El chofer se detuvo amablemente y yo solo dije una de las palabras que había aprendido en ruso: “Gracias”. Me bajé y seguí adelante.
Y así, cientos de experiencias en las que, gracias a la Copa del Mundo, viajas al menos seis semanas y logras conocer a fondo las culturas y costumbres de los países a los que vas. Y bueno, eso de que, como los marineros, existe “un amor en cada puerto”... mmmmmm, digamos que los caballeros no tenemos memoria, y así no daño a las futuras generaciones.
El regreso al origen
Me entero de que el Mundial viene de nuevo a México y pensé para mis adentros: se acabó. Aquí inició todo y aquí mismo termina. Cuarenta años después subo la misma rampa, entro al mismo túnel y me convierto en ocho veces mundialista.
Saber que se trataba del último fue una emoción y una tristeza inexplicables y únicas. Y todo gracias a mi casa, La Crónica de Hoy, que confió en mí para la cobertura de este, mi octavo y último Mundial.
Hasta la próxima entrega
Durante este, mi último Mundial, viví cosas sorprendentes y únicas, pero si le parece, gentil lector, eso lo dejamos para mi siguiente entrega.