Un día después, Guadalajara amanece distinta. La ciudad respira una tensa calma, de esas que no tranquilizan sino que inquietan. El eco de la quema de vehículos en carreteras y avenidas sigue flotando en el ambiente, como una herida abierta en la cotidianidad tapatía.
Fue un lunes atípico: (tal cual) la mayoría de los locales y plazas cerrados, el transporte público saturado, gente en las calles, sí, pero pocos y no en el flujo habitual que caracteriza el pulso urbano de la Perla Tapatía.
Las escenas hablan por sí mismas. Filas en gasolineras que lograron abrir; largas esperas en tienditas y tortillerías; personas abasteciéndose de lo esencial —leche, cereales, sopas instantáneas, agua— mientras otros, con resignación, compraban apenas lo necesario para el día: un refresco, unas galletas, lo indispensable para seguir. La circulación vehicular fue escasa, el transporte público limitado, y la ciudad pareció avanzar con cautela, como si aún midiera el alcance del sobresalto vivido.
Lo ocurrido el 22 de febrero dejó estampas que retratan la dimensión de la parálisis: familias varadas en el Zoológico Guadalajara, personas que pasaron la noche en sus trabajos o en escuelas esperando poder regresar a casa, pacientes que no lograron llegar a sus citas en hospitales y clínicas, y si llegaron no fueron atendidos porque faltó personal. La ciudad quedó suspendida entre la incredulidad y el nerviosismo, entre la especulación y el coraje, entre la impotencia y la certeza de que lo vivido no puede considerarse normal. Fue un acto de villanía contra la ciudad, una agresión directa contra su vida cotidiana.
La amenaza y el miedo son, sin duda, las armas más eficaces de quienes pretenden someter el orden social. Pero frente a ello, la fortaleza debe ser la valentía y la denuncia. La respuesta ciudadana, en gran medida, se sostuvo en la prudencia, en resguardarse, en documentar, en señalar. En una época en la que todo queda registrado (incluso los responsables exhiben su propia temeridad, grabándose en actos que revelan no solo irresponsabilidad, sino desprecio por la convivencia social).
La ciudad tiene símbolos que recuerdan su vocación. Ahí está La Minerva, que representa la sabiduría, la justicia y la fortaleza, con la inscripción que advierte: “Justicia, Sabiduría y Fortaleza custodian a esta leal ciudad”. Bajo ese principio debería sostenerse la vida pública.
Los tapatíos aman profundamente su ciudad, y las afrentas que alteran su normalidad constituyen agresiones que no deben ser normalizada y mucho menos permitida.
Queda la convicción de que la sociedad puede y debe comportarse a la altura. La respuesta colectiva mostró contención, solidaridad y responsabilidad. La ciudad resistió el embate, aunque no sin cicatrices visibles en su ánimo.
Hoy, poco a poco, Guadalajara retoma su ritmo. La normalidad regresa con cautela, con la esperanza de que lo vivido sea solo un episodio aislado, un arrebato que no vuelva a repetirse.
Porque la ciudad y sus habitantes merecen algo mejor: una urbe digna, menos conflictiva, que resuelva sus problemas desde la ley y las instituciones; una sociedad que reclame lo justo desde el derecho y la justicia; una comunidad donde la paz prevalezca sobre el miedo y donde la fortaleza colectiva sea siempre mayor que cualquier intento de violencia.