Martes, mediodía. Una camioneta negra espera el cambio de luz frente al semáforo. En el interior, dos chicos jóvenes escuchan narcocorridos a todo volumen. La letra se cuela entre los motores detenidos: “Con pacas gruesas lo miran gastando. Puras marcas caras bien alucinado”. A su alrededor, los autos comienzan a acumularse sobre López Mateos que, aunque por la mañana los reportes aseguraban un flujo ligero y calles semivacías, a esta hora vuelve a mostrar su rostro habitual: congestionamiento, prisa, claxonazos, la rutina implacable de una ciudad que decidió no detenerse.

El código rojo terminó y con él, al menos de manera oficial, la alerta máxima. Apenas han pasado dos días desde los narcobloqueos que paralizaron al estado y sembraron miedo en decenas de municipios. Aunque la noche del lunes se registraron nuevos atentados, estos parecen leerse ya como hechos aislados y no como una amenaza permanente. La consigna es clara: seguir.
“Nombre, yo creo que esos ya son más bien malandros. Para mí que ni siquiera son del Cártel Jalisco”, comenta un hombre de alrededor de 50 años, mientras empuja su carrito en el estacionamiento del SAM’S Club, con el ticket aún tibio entre los dedos. Vino a surtir la despensa como cada quincena, aunque esta vez lo hizo con mayor cautela, revisando constantemente su entorno. “Uno se acostumbra, ¿qué le queda?”, añade antes de perderse entre filas de automóviles.
A diferencia del lunes, cuando las calles parecían suspendidas en un silencio inquietante, hoy la gente se desplaza con una tranquilidad aparente, casi ensayada. Los tianguis han vuelto a instalarse como cada semana: los puestos de fruta, ropa, películas pirata y comida ocupan las banquetas, los gritos de los vendedores compiten con la música de las bocinas, y el olor a garnacha vuelve a mezclarse con el smog. La ciudad retoma sus rituales cotidianos como si el caos de hace 48 horas perteneciera a otra temporalidad.
En el espacio físico, el tema de los narcobloqueos prácticamente no aparece. En las conversaciones cara a cara no se habla del miedo, ni de los camiones incendiados, ni del cierre de calles, ni de los enfrentamientos. La gente habla del trabajo, de la escuela, del precio del huevo, del tráfico, del calor. Hay una especie de acuerdo tácito: no nombrar lo que incomoda para poder seguir funcionando.
La discusión, en cambio, se ha trasladado casi por completo al terreno digital. En redes sociales, principalmente entre jóvenes de entre 20 y 30 años, el debate está encendido. Algunos advierten que es demasiado pronto para confiar, que la calma es frágil, que la violencia no se disuelve en dos días. Otros responden desde el hartazgo: “Bueno, ¿y qué hacemos? Quemaron camiones, ¿y qué?”. La frase, brutal en su simpleza, resume un sentir colectivo difícil de nombrar. No es indiferencia pura: es cansancio, es saturación, es normalización.
La violencia se ha vuelto paisaje. No porque no duela, sino porque resulta imposible vivir permanentemente en estado de alerta. Las responsabilidades no dan tregua: el trabajo, la escuela, las labores domésticas, las deudas, la vida misma. Y aunque Guadalajara se sienta por momentos como un campo de batalla, detenerse no es una opción real para la mayoría.
Las tiendas de abarrotes, sin embargo, aún muestran las huellas del encierro. Muchos estantes permanecen vacíos. No hay productos de Bimbo, el pan escasea, y los refrigeradores exhiben huecos que rompen la ilusión de normalidad. “Más tarde me van a surtir”, promete una dependienta, como si esa frase pudiera restaurar el orden cotidiano.

En las paradas del transporte público, los rostros cansados revelan una mezcla de miedo, resignación y urgencia. Algunos usuarios confiesan que habrían preferido permanecer resguardados unos días más. “La verdad sí da cosa, pero pues toca chambear”, dice una mujer que ajusta su mochila mientras espera el camión. El deber se impone al temor, y la rutina vuelve a marcar el ritmo.
Así, Guadalajara transita hacia una nueva normalidad, una que no promete paz, sino continuidad. Un Jalisco sin El Mencho no es necesariamente un Jalisco sin violencia. Es, por ahora, un estado que aprende a vivir entre la negación cotidiana, el debate digital, la resignación colectiva y una esperanza tenue: que algún día vivir sin miedo no sea una excepción, sino una costumbre.