
El ingreso necesario para cubrir las necesidades básicas no es el mismo en el norte que en el sur, ni en una gran ciudad que en una localidad semiurbana. Sin embargo, en México se considera en pobreza por ingresos a quien no puede costear una misma canasta de alimentos y servicios esenciales definida a nivel nacional. En un país con fuertes diferencias regionales en precios y formas de consumo, esta simplificación obliga a preguntarse qué tan bien reflejan las mediciones oficiales la pobreza en un territorio tan diverso como el mexicano.
Esa es la pregunta que nos planteamos un grupo de investigadoras e investigadores del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (EQUIDE) en el libro “Hacia una medición regional de la pobreza en México” —disponible en acceso abierto—. El libro revisa cómo en otros países se toman en cuenta las diferencias entre regiones al medir la pobreza y explora cómo podría hacerse algo similar en México, partiendo de la metodología oficial vigente.
El libro concluye que incorporar una mirada regional en la medición de la pobreza no es un ajuste menor, sino una necesidad para entender mejor el país. En un territorio con fuertes brechas en precios, hábitos de consumo y acceso a bienes básicos, medir la pobreza con una sola canasta nacional puede ofrecer un diagnóstico que se queda corto. Hoy existen dos canastas nacionales —rural y urbana—, pero aun así se aplica prácticamente la misma referencia a ciudades y localidades muy distintas entre sí. En la práctica, eso significa medir con la misma regla el costo de vivir en el norte y en el sur, aunque cambien los precios, la disponibilidad de productos y hasta lo que la gente come.
Incorporar el enfoque regional no cambia la existencia de la pobreza, pero sí puede cambiar la forma en que la vemos. Considerar estas diferencias permite aproximarse con mayor precisión al poder adquisitivo real de los hogares y evitar comparaciones engañosas entre regiones. De ahí la relevancia de avanzar hacia canastas de consumo que reconozcan variaciones en precios, prácticas de consumo y contextos culturales, y que ayuden a ofrecer una imagen más fiel de la pobreza en un país donde vivir —y dejar de ser pobre— no cuesta lo mismo en todos lados.
Un hallazgo central del libro es que estimar canastas de alimentos y servicios esenciales por región no solo modifica el nivel de la pobreza estimada, sino también su geografía. En varios ejercicios realizados, las estimaciones con canastas regionales tienden a arrojar niveles de pobreza menores que los oficiales y cambian la posición relativa de las entidades federativas. Por ejemplo, mientras que con la metodología oficial en 2018 Chiapas aparece como el estado con mayor pobreza, bajo un enfoque regional ese lugar lo ocuparía Guerrero.
Si bien la reducción de la pobreza puede resultar alentadora, el libro es claro: no se trata de una nueva cifra oficial ni de un resultado definitivo. Más bien, los ejercicios muestran cuánto puede cambiar el diagnóstico cuando se incorporan las diferencias territoriales. Antes de avanzar hacia una medición regional, la investigación advierte que aún hay aspectos de la metodología actual que conviene revisar con cuidado. Son decisiones técnicas que suelen pasar desapercibidas, pero que pueden modificar el valor de las canastas y, con ello, el número de personas consideradas pobres. La lección es simple: antes de redibujar el mapa de la pobreza, hay que afinar la regla con la que hoy la estamos midiendo.
Uno de esos puntos a revisar es la forma en que se incorpora el gasto en alimentos consumidos fuera del hogar. Para estimar las canastas, ese gasto —reportado en pesos— debe traducirse en calorías para aproximar el consumo total de los hogares. Es un paso técnico, pero con efectos reales: depende de supuestos que pueden alterar el valor de las canastas y, por tanto, el número de pobres. El libro muestra que la elección del método de conversión no es un detalle técnico menor: según cuál se utilice, la pobreza extrema —la de quienes no pueden adquirir la canasta alimentaria— puede reducirse hasta en 9.8% o dispararse hasta en 23.3% a nivel nacional. Antes de dar el salto hacia una medición regional, el mensaje es claro: vale la pena revisar con lupa este tipo de decisiones dentro de la metodología vigente.
Medir la pobreza es, en el fondo, decidir qué tan bien entendemos al país. Si el costo de vivir cambia según el territorio, también debería cambiar la forma en que lo medimos. Incorporar una mirada regional no implica desechar la medición oficial, sino fortalecerla: revisar sus supuestos, afinar sus herramientas y reconocer la heterogeneidad de precios y patrones de consumo que caracteriza a México. El libro no ofrece una cifra definitiva ni pretende cerrar el debate; propone algo más útil: abrirlo con evidencia y cautela. Porque en un país de muchos Méxicos, medir mejor la pobreza es un paso indispensable para entenderla mejor —y, eventualmente, para combatirla con mayor precisión.
Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericanas, CDMX.
Comentarios: pablo.cotler@ibero.mx
El autor es miembro del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (EQUIDE).