Opinión

Dueños de su abuso y esclavos de su soberbia

Toros

Dadas las reacciones e intenciones medio expuestas y no de la PresidentA Sheinbaum poco antes y tras lo sucedido con la tauromaquia en la capital mexicana, era lógico que se vinieran en cascada más intentos por cerrarle el paso en otros lares a la mal llamada “fiesta brava”, que no es momento de felicidad para la víctima, que tampoco cumple ya con los estrictos cánones de una bravura suficiente. Y que conste que lo segundo no es afirmación propia sino de un tal Óscar Méndez, “aficionado pensante donde los haya”, reconocido así por Leonardo Páez que por aaaaaños ha conducido las teclas para el espacio “¿La fiesta en paz? que cada domingo edita La Jornada y que para el pasado día 30 de marzo nos iluminó desde la mira contraria. Veamos…

De inicio rubricó la responsabilidad de la muerte de las “corridas de toros” a personajes que han seguido un guión con admirable precisión, refiriéndose con ello a empresarios, ganaderos, toreros y aficionados que han representado su papel con tal maestría, que al final no se ha podido determinar quiénes fueron los héroes y quiénes los villanos de esta historia, más a todos los determinó como sus “enterradores”, agregando que es costumbre atribuir la culpa de nuestras desgracias… en este preciso caso… a las autoridades a las que ahora “se les acusa de haber prohibido los toros en la Ciudad de México como si hubieran empuñado la espada de la justicia para decapitar a la tauromaquia en el esplendor de su juventud”, marcando para mejor que lo único que le pusieron fue la lápida a un muerto que llevaba décadas agonizando en la plaza “desangrándose entre aplausos corteses y boletos de cortesía” (suscribo), para inmediatamente venirse a preguntar quién entonces cometió el crimen y quiénes en realidad fueron los sepultureros que cavaron la fosa donde yace actualmente la “fiesta”, situando en primer lugar a los empresarios del ramo porque a ellos culpa de haber vaciado las plazas sin necesidad de prohibiciones, por cuanto aquellos toros bravos con manía de embestir fueron sustituidos por “criaturas más adecuadas a los tiempos: dóciles, previsibles, educadas en el embate sin peligro”, logrando lo que se pensaba imposible: que “la fiesta se pareciera cada vez más a una simulación y cada vez menos a un drama”; y que no menos mérito tuvieron los ganaderos al criar toros sin bravura que, según, era el alma de esos animales y que a cambio le dieron preferencia a la estética. Que antaño el torero era un hombre que se jugaba la vida (por su gana y decisión, digo yo) y que hoy juega con la vida de un animal domesticado… cáptese bien esta frase, por favor… con una falta total de arte y sobra de cálculo y que “donde hay cálculo, no hay misterio. Y donde no hay misterio, no hay drama. Y sin drama no hay nada”, convirtiéndose la afición en cómplice leal al aplaudir lo que debía protestar e indignándose hasta que la autoridad decidió cerrar la plaza, que en realidad no fue así, aunque… ¡vaya que me hubiera gustado! A los críticos asimismo los pasó a planchar porque según su análisis, con tal de no enemistarse se limitaron a ser narradores de lo conveniente y no vieron venir la que les cayó. Ya para ir cerrando su reflexión, el señor Méndez dio por extinta la tauromaquia en la capital mexicana (y sin duda así terminará siendo) al haberse erradicado la bravura y domesticado el peligro, solicitando a la vez que su muerte no haya sido en vano. Que al menos sirva para tener en cuenta que las cosas no mueren porque se les prohíba, sino porque dejan de ser lo que eran. Que en este entierro no hay villanos (¡gracias!) externos sino cómplices. Enterradores diligentes entre los que ignora si alguno se atreverá a resucitarla, lo que se ve imposible, pues al menos en CdMx quedó ampliamente demostrado (más allá de las 27 mil y pico de firmas que respaldaron la Iniciativa Ciudadana que también fue sepultada) que somos mayoría contra esa salvajada y que incluso no queremos otros espectáculos (de momento exceptuados) donde los animales sufran acoso, martirio y muerte. Y una vez ello, créasenos que para atrás… ¡ni para tomar impulso! Ejemplo cercanísimo lo tuvimos ayer, cuando Michoacán se sumó contra las “corridas de toros” desde su Congreso: 19 votos a favor, 9 en contra y 8 abstenciones. ¡Gracias! #PorLaAboliciónNacional

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