Opinión

El Desarrollo sostenible en crisis

En los albores de la Agenda 2030, la comunidad internacional estableció una hoja de ruta ambiciosa, articulada en torno a los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que buscaban reconfigurar las bases del desarrollo humano hacia un horizonte más equitativo, ambientalmente responsable y pacífico. Sin embargo, en 2025, nos encontramos frente a una encrucijada crítica. A pesar de los compromisos asumidos, las evaluaciones más recientes indican que, al ritmo actual, solo entre un 23% y un 27% de los ODS se cumplirán plenamente.

El calentamiento global y el cambio climático actúan como elementos transversales y aceleradores de esta crisis del desarrollo. Ya no podemos seguir pensando en los objetivos de forma aislada. Como bien ha advertido la filosofía contemporánea de la globalización. los riesgos globales constituyen una nueva categoría de realidad que exige repensar las coordenadas tradicionales del progreso. En este nuevo escenario, los problemas se han globalizado más rápido que las soluciones, y las interdependencias se han vuelto más densas y conflictivas. El cambio climático, en particular, no es solo un fenómeno ambiental: es una matriz de crisis interconectadas que redefine la política del desarrollo.

El mundo en nuestras manos
Vivienda sustentable Vivienda sustentable (La Crónica de Hoy)

Los impactos del calentamiento global afectan directamente la posibilidad de erradicar el hambre (ODS 2), garantizar agua limpia y saneamiento (ODS 6), lograr ciudades sostenibles (ODS 11), o proteger la vida en la tierra (ODS 15). Pero también incide de manera indirecta en la exacerbación de la desigualdad (ODS 10), la migración forzada y la violencia (ODS 16). Las sequías prolongadas, las inundaciones extremas, la pérdida de cosechas y la desertificación, multiplican los desplazamientos poblacionales, agudizan conflictos territoriales y generan condiciones propicias para el colapso institucional en regiones frágiles. La ONU ha advertido que el número de personas que padecen hambre aumentó de 613 millones en 2019 a más de 735 millones en 2023, y esta tendencia podría agravarse ante la combinación de crisis climática y desarticulación multilateral.

Este último punto es clave. El cumplimiento de los ODS requiere una arquitectura multilateral robusta, capaz de coordinar esfuerzos, canalizar recursos y exigir rendición de cuentas. No obstante, esa arquitectura ha sido debilitada en los últimos años por el ascenso de liderazgos populistas, nacionalistas y abiertamente hostiles a las instituciones internacionales. El caso de Donald Trump es emblemático. Su desprecio hacia las agencias de la ONU, sus ataques sistemáticos contra la Organización Mundial de la Salud, su retiro del Acuerdo de París y su agenda de “America First”, han generado un daño estructural a la legitimidad del multilateralismo. Incluso su retorno al escenario político internacional en 2025 ha intensificado la incertidumbre y la fragmentación de los compromisos globales.

El replanteamiento del desarrollo no puede ser cosmético. No basta con ajustar indicadores o redactar nuevos informes. Se requiere una revisión crítica de fondo que considere la interrelación sistémica de los ODS. Como ha señalado Saskia Sassen, uno de los errores fundamentales de las políticas globales ha sido tratar los problemas como compartimentos estancos, sin considerar que la lógica del capital global produce formas complejas de expulsión social, ecológica y territorial. En otras palabras, la pobreza, el desempleo estructural, la pérdida de biodiversidad y la crisis de los sistemas alimentarios están vinculados entre sí a través de procesos económicos que privilegian la acumulación y el extractivismo.

Desde una perspectiva filosófica el desarrollo no debe entenderse solo como crecimiento económico ni como acumulación de bienes, sino como expansión de las capacidades humanas en contextos de libertad, equidad y sostenibilidad. Bajo esta visión, no puede haber desarrollo si se destruyen las condiciones ecológicas que sostienen la vida; no puede haber desarrollo si se tolera la exclusión sistemática de comunidades enteras; no puede haber desarrollo si se naturalizan las guerras, el racismo o la violencia de género. La integralidad del desarrollo sostenible exige una mirada ética, estructural y planetaria.

La Agenda 2030 fue concebida como un conjunto de metas mutuamente dependientes. No puede combatirse la pobreza sin acceso a educación y salud. No puede garantizarse la paz sin justicia. No puede protegerse el planeta sin equidad. Cada objetivo se determina en función de los demás, y avanzar en uno mientras se retrocede en otro genera desequilibrios que minan el sentido del todo. Por ello, un replanteamiento eficaz del rumbo del desarrollo exige políticas integrales, cooperativas y fundamentadas en el conocimiento científico, el respeto a los derechos humanos y la participación democrática.

Pero también exige valentía política. La transición ecológica, por ejemplo, no puede hacerse sin tocar los intereses de las industrias fósiles. La justicia climática no puede avanzarse si se tolera la impunidad corporativa. Y la cooperación internacional no puede sostenerse si las grandes potencias actúan como si el planeta fuera un mero tablero de ajedrez geopolítico. La crisis civilizatoria que enfrentamos requiere de un nuevo contrato global, donde la ética del cuidado y la reciprocidad intergeneracional orienten las decisiones políticas, económicas y culturales.

El mundo está ante una oportunidad decisiva: o se transforma radicalmente el rumbo del desarrollo, o se profundizan las múltiples crisis que hoy nos amenazan. El hecho de que solo una cuarta parte de los ODS pueda cumplirse no debe asumirse con resignación. Lo que está en juego no es solo la Agenda 2030, sino el sentido mismo del futuro común de la humanidad. Como dijera Ban Ki-moon, exsecretario general de la ONU: “No hay Plan B, porque no hay un Planeta B”. La filosofía del desarrollo global debe estar al servicio de esta verdad esencial.

Investigador del PUED-UNAM

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