Opinión

Estirar la cuerda

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Protectorado El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su hombre en Venezuela, Marco Rubio (Archivo)

La negación del orden internacional, que más o menos articulaba la convivencia entre las naciones, ha sido la bandera del segundo mandato de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos, que se pasa por encima de leyes propias y extrañas (lo rige sólo su “propia moralidad”, que no es moral), está utilizando la intimidación y la fuerza como instrumentos para afirmar el poderío mundial de su país, que de todas maneras se le escapa. Esas condiciones son en las que se ven obligadas a maniobrar la mayoría de las naciones. No son tiempos sencillos, y no se parecen siquiera a los que había hace un lustro.

El coto a las locuras del emperador naranja difícilmente vendrá de fuera de Estados Unidos. Unos son muy débiles para enfrentársele; otros (pienso en China) están agazapados esperando el momento justo, que no es ahora. Su principal límite está en las propias instituciones democráticas estadunidenses, como el sistema judicial, que Trump está empeñado en quebrar, pero aún no ha podido, y en la fortaleza, todavía viva, de sus elecciones, con la posibilidad de acotarlo pronto, y pasar la página después.

En tanto, toca a todos los demás actores internacionales moverse con tiento y maniobrar con sensatez, a sabiendas de que hay un desquiciado con un Monster Truck en la carretera.

Como señalé en el Empedrado de la semana pasada, el propósito es estrictamente la concentración del poder. Eso importó más que el petróleo en el caso venezolano (y ya vimos la entendible reticencia de los conglomerados estadunidenses para invertir ahí), más que el combate al narcotráfico y, por supuesto, mucho más que la democracia, que es algo que a Trump lo tiene sin cuidado. El objetivo es el control y el condicionamiento, sobre todo en materia económica.

En el caso mexicano, Trump parece haber encontrado un excelente pretexto en la lucha contra el narcotráfico. Las amenazas de intervención directa, que generan preocupación entre los políticos que han tejido una connivencia con el crimen organizado, son la manera poco sutil de sugerir que el gobierno de Claudia Sheinbaum se tiene que alinear a los intereses estadunidenses. En primer lugar, trata de evitar la expansión de las relaciones económicas de México con China. Pero también tratará de alinear la política mexicana en general con sus pretensiones de tener a todo el hemisferio norte claramente de su lado.

La pregunta es si el gobierno de nuestro país intentará maniobrar con destreza, o le ganarán los compromisos y las simpatías ideológicas.

Por ahora, hemos presenciado una suerte de esquizofrenia. Mientras que la presidenta Sheinbaum trata de limar la relación con Trump, en la lógica de cooperación sin sumisión, y hasta pospone la mañanera para eso, en Morena, con el apoyo entusiasta de varios voceros y funcionarios del gobierno, se rasgan las vestiduras en apoyo a Maduro, a quien todavía consideran presidente, exigen su liberación y vociferan contra el imperialismo.

Aquí se inscribe, como problema, entre otras cosas, la relación entre México y Cuba. Particularmente, los envíos cotidianos de combustibles hacia la isla caribeña. Según la presidenta, son un apoyo histórico y humanista a la nación que sufre el embargo estadunidense.

La cuestión es qué tanto es tantito. Un resultado colateral de la intervención de Estados Unidos en Venezuela es el fin del subsidio petrolero del chavismo hacia Cuba. Ahora es México la principal, y casi la única fuente de combustible para la isla. Lo que envía ayuda a crecer el boquete en las emproblemadas finanzas de Pemex y, a la hora de la verdad, poco alcanza para cubrir las necesidades cubanas. En estos días, los apagones en la isla han sido hasta por 20 horas: lo raro es que haya electricidad. El apoyo mexicano, que por décadas había sido útil, pero marginal, ahora se vuelve vital para el régimen cubano, pero de todos modos insuficiente. Y, de todos modos, los cubanos no pagarán por el petróleo enviado.

Está claro que el apoyo a Cuba es, para México, una carga financiera. Ahora es, también, una carga política. Y habrá presiones de los dos lados del estrecho de la Florida. Unos, para que los envíos se paren por completo; los otros, para que aumenten, porque la cosa está cada vez más apretada.

En lo personal, estoy convencido de que el régimen cubano, que traicionó una revolución popular para convertirse en una dictadura militar, es capaz de sobrevivir, aún si regresa a la población a la vida como era en tiempos de Martí. Son capaces -parafraseo a Felipe González- de encerrarse en una lógica numantina, en una suerte de suicidio colectivo obligado. Hace décadas que dejaron de ser un referente mínimamente racional de un cambio social deseable. Los últimos burgueses abandonaron la isla a principios de los años 60. Desde entonces, millones también se han ido, hambrientos y profundamente desilusionados de algo en lo que alguna vez creyeron y por lo que alguna vez lucharon.

Pero hay quienes -muchos entre los cuadros dirigentes de Morena, por lo visto- insisten en negarse a ver la realidad, y creen que defender al régimen cubano tiene sentido social e histórico. Esos están dispuestos a estirar la cuerda hasta lo que dé, enamorados de su ideología como están.

Es necesario advertir que estirar la cuerda en exceso puede provocar que estalle. Resulta contraproducente y tal vez pueda ser, incluso, traumático. Por eso, lo primero es salvaguardar la soberanía nacional. Y eso no se logra con balandronadas ni golpes revolucionarios de pecho. Se logra maniobrando con tiento.

fbaez@cronica.com.mx

Twitter: @franciscobaez

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