Opinión

Los demoledores

Ricardo Becerra: Los demoledores
Ricardo Becerra: Los demoledores

Susan Stokes, hace unos meses, publicó una de las indagatorias más abarcadora sobre el porqué del auge populista en el mundo. Su trabajo interpela directamente a los liberales más idealistas y encaja una verdad que muchos no han querido reconocer: que las raíces de ese auge autoritario se hallan en la debilidad, inestabilidad y desigualdad de la vida económica y material de las sociedades que fueron democráticas.

La actual erosión de las democracias en muchas partes del mundo tiene diferentes causas -políticas, culturales, psicológicas- sí, pero la fuente principal de esa caída es el desempeño de las economías y su continuada cancelación de expectativas. Lo que es más, esas otras vertientes, forman parte de las consecuencias de la progresiva desigualdad.

El estancamiento, el crecimiento en perpetua pausa, erosiona el apoyo de las sociedades a la democracia. Y la democracia, sin desarrollo, sin resultados sociales, sin mejora en las condiciones de vida, provoca el mismo efecto en casi todas partes. La evidencia mundial, empírica, estadística y etnográfica parece indicar que, para prevalecer, ese sistema político necesita un matrimonio bien avenido con el desarrollo económico del capitalismo.

Es una lección que me importa subrayar ante mis lectores: los que hemos sostenido una visión minimalista y procedimental de la democracia, debemos admitir que para legitimarse, subsistir y perdurar como régimen de gobierno, necesita el crecimiento económico y la redistribución de la riqueza.

Asumir la idea de que la dinámica económica determina la vida política, es casi instintiva para un socialdemócrata, pero bastante ajena al liberalismo idealista. Y el trabajo de Stokes lo demuestra.

El decaímiento de las tasas de crecimiento, el aumento de la disparidad del ingreso entre individuos y hogares, la escasez de empleo y los salarios a la baja han sido factores decisivos en la conciencia de los ciudadanos para valorar su orden político. No ha sido un año, no han sido dos años, un lustro o una década: ha sido una promesa quebrada ya, durante dos generaciones en México, por poner un ejemplo. Pero la sombra se reconoce en muchas otras partes, incluyendo los Estados Unidos.

Digo que es instintivo pero el libro de Stokes (The Backsliders: Why Leaders Undermine Their Own Democracies. Princeton University Press, 2025) lo vuelve evidencia empírica: las democracias con altos niveles de desigualdad de ingresos son más propensas a experimentar erosión democrática.

Para sintetizar: el resultado central del estudio es que en 24 países estudiados durante el siglo XXI se reitera una asociación positiva y consistente entre las brechas de ingresos o riqueza y la erosión democrática dentro de más de 100 modelos estadísticos distintos.

Cito a Stokes: “Para tener una idea de la magnitud de la asociación, considere la diferencia entre Suecia, un país en el que los ingresos están más comprimidos que en todas las democracias (Gini = 26.4 en 2017), y Estados Unidos, con un Gini mayor que el del 60% de las democracias (38.4 en 2017). Para un país tan igualitario como Suecia, el riesgo previsto de erosión es del 4%, para un país tan desigual como Estados Unidos, el riesgo previsto es más del doble, al 8.4%”.

No desconozco que Suecia escenifica también un auge de la extrema derecha antiinmigrante en los últimos años. No obstante los políticos xenófobos no atacan a la prensa ni a las instituciones de la igualdad y la confianza pública en la organización estatal se mantiene alta.

Y es que en aquellos países donde los nuevos líderes que asumen el cargo y luego se encargan de desmontar sus democracias, han fundado su acción dentro de un subido grado de agravio, frustración y desconfianza de la población con respecto a las instituciones, lo que que fue utilizado para inyectar una mayor polarización política, cultural, partidista.

El estudio es especialmente importante para nosotros porque incluye “el caso de México” por primera vez en un estudio comparado de alcance global. Es decir, ya es reconocible el retroceso político de nuestro país y forma parte -por derecho propio- de la ola de autocratización mundial.

El experimento es fácilmente reconocible en los Estados Unidos de Trump, en el Salvador de Bukele, en la Argentina de Milei o en el México de

López Obrador. Una ciudadanía polarizada es más tolerante a personajes que atacan a la prensa, los tribunales y otras instituciones. Un público muchos años decepcionado y escéptico de las instituciones también es más tolerante con el retroceso. Esto lo saben los autoritarios y los populistas y por eso fomentan la polarización y el cinismo.

Votantes marginados se sintieron atraídos por líderes etnonacionalistas de derecha en países como Estados Unidos, India y Brasil, o por líderes populistas de izquierda en países como Venezuela, Bolivia y Sudáfrica. A diferencia de los líderes militares que arrasan abruptamente con las democracias mediante golpes de Estado, los líderes electos las desmontan gradualmente -pieza por pieza- por lo que deben mantener cierto nivel de apoyo público. Lo hacen fomentando la polarización ciudadana y también denigrando sus democracias, estigmatizando a las instituciones que atacan como corruptas o elitistas. Pasa en México, pero también en Estado Unidos, en Hungría o en Turquía. El mensaje común de éstos regímenes a los votantes es que estas instituciones deben ser derribadas y reemplazadas por otras bajo el control del “pueblo” o sea, del aparato electoral del propio gobierno.

En resumidas cuentas, esa es la historia social y económico-política de este siglo, desde mediados de su primera década. Stokes, cuenta hasta 2023, dos docenas de presidentes y primeros ministros que han atacado las instituciones de sus países, violando las normas jurídicas, los procedimientos políticos, utilizando su poder para eliminar pieza por pieza, los componentes de un sistema democrático.

Vuelvo al principio. Stokes interpela a la derecha liberal por su ceguera frente a la desigualdad y las expectativas de vida de los ciudadanos. Como si la democracia fuera una esfera aparte y ajena de la tosca materialidad de la sociedad humana.

Acordemos pues que la democracia es una forma de gobierno, pero también acordemos que sin resultados sociales pueden vaciarse de significado ante franjas muy amplias de una población desatendida por ella. Ojalá esta lección no sea olvidada en esta generación, como fue olvidada, en el mundo antes de sus guerras mundiales.

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