
Mañana 27 de enero, como todos los años, se recordará la memoria de las víctimas que produjo el Holocausto impuesto por los nazis, y que tiene como punto de referencia la liberación del campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau por parte de las tropas soviéticas en 1945. El Holocausto representó el genocidio sistemático de millones de judíos, así como de otras categorías sociales consideradas “indeseables” por motivos raciales, culturales, religiosos o políticos. No fue una masacre espontánea, ni un exceso de guerra. Se distinguió por su intencionalidad genocida, su racionalidad burocrática, su deshumanización legal y su escala industrial. El Holocausto, también conocido como Shoá, representó un crimen de Estado planificado y ejecutado con medios científicos y con un conjunto de estrategias políticas, jurídicas, administrativas, militares y técnicas. Este genocidio fue perpetrado por la Alemania hitleriana y sus colaboradores europeos durante la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, el 27 de enero no es solo una fecha de memoria, sino que representa una categórica interpelación política y moral del presente. Repensar el Holocausto exige preguntarnos cómo fue posible y, sobre todo, porque persisten prácticas exterminadoras que siguen operando entre nosotros. La masacre indiscriminada que actualmente lleva a cabo el gobierno de Benjamín Netanyahu contra los palestinos puede ser considerada un nuevo Holocausto. El Estado de Israel lleva a cabo el primer genocidio del capitalismo avanzado con características únicas que lo distinguen de otros genocidios del pasado. La masacre palestina está funcionando como una empresa transnacional coordinada y organizada por los países occidentales quienes ofrecen armas y apoyo político permanente a los genocidas.
Desde esta perspectiva, no pasan inadvertidos los planes para una “nueva Gaza” como si se tratara de un territorio vacío, disponible para la inversión, el desarrollo inmobiliario y la reinvención económica. Los proyectos sobre Gaza promovidos por Donald Trump, la conciben como una oportunidad de negocios. Coherente con la idea de Israel de cancelar al pueblo palestino, ahora se propone la reconstrucción de Gaza tras su devastación. Todo esto sin una reflexión previa sobre la violencia que la produjo, ni sobre el destino político y social de la población palestina. El problema no es solo urbanístico o económico, sino que es principalmente moral y político. Pensar la reconstrucción sin justicia, sin autodeterminación y sin reconocimiento del daño causado equivale a un borramiento simbólico del genocidio palestino. Convertir esta catástrofe en maquetas y proyecciones financieras recuerda peligrosamente a una lógica que el Holocausto dejó al
desnudo: la del poder que decide quién puede permanecer, quién debe desaparecer y quién puede ser reubicado, gestionado o marginado.
Repensar el Holocausto hoy exige recordar a Hannah Arendt, cuando se refería a la deshumanización –es decir, personas privadas de pertenencia social y reducidas a mera existencia biológica- como un proceso que no siempre se expresa en odio explícito, sino que recurrentemente adopta la forma fría de la planificación sin sujetos. Así como el antisemitismo fue la condición histórica del genocidio judío, ahora la lección del Holocausto es mucho más amplia: los derechos pueden suspenderse, la ciudadanía puede revocarse y la vida humana puede volverse prescindible cuando se acepta que algunos pueblos existen solo en la medida en que resultan funcionales a proyectos ajenos.
Por ello, el 27 de enero no debería servir para confirmar nuestra superioridad moral frente al pasado, sino para examinar críticamente el presente. Cuando la destrucción de un territorio pretende transformarse en oportunidad inmobiliaria, cuando la expulsión se presenta como reordenamiento y cuando la paz se confunde con negocios, entonces la memoria del Holocausto deja de ser un ritual y se convierte –otra vez- en una advertencia ignorada. Recordar es no aceptar como normal aquello que, con otros nombres y otros instrumentos, vuelve a convertir a seres humanos en sobrantes del orden social.