
La caída de Adán Augusto López Hernández como coordinador de Morena en el Senado de la República no puede verse como un hecho menor ni como simple consecuencia de reacomodos en los grupos en el poder. El senador tabasqueño es, junto con el secretario de Organización de Morena, Andrés López Beltrán, el más claro representante del lopezobradorismo en la era de Claudia Sheinbaum. Al lado de los López, Hernández y Beltrán, orbitan otros personajes con igual cercanía, pero menor influencia, como Alejandro Esquer, Octavio Romero o Jesús Ramírez. Por ello el cambio de liderazgo en la bancada oficialista en el Senado debe de verse no como un ajuste menor o incluso estratégico, sino como el inicio de una fractura que habrá de hacer evidente lo que hoy asoma entre sombras: Claudia Sheinbaum comienza a tomar distancia de López Obrador en los momentos de mayor presión estadounidense por la vinculación de políticos en el crimen organizado y de cara a la definición de candidaturas a diputaciones y gubernaturas.
A lo que no puede ser considerado sino como la defenestración del otrora poderoso “hermano” del ex presidente López Obrador, habrán de sumarse otros ajustes que perfilarán cada vez más a Claudia Sheinbaum como el verdadero factor de poder en el morenismo. En distintos círculos en los que se discute de política se mencionan con insistencia los nombres de Andrés López Beltrán y Rafael Marín Mollinedo, este último titular de Aduanas y primo de Nicolás Mollinedo, quien fuera un estrecho colaborador de López Obrador. La salida de la escena política de estos personajes y otros más habrá de modificar el tablero y con ello el juego y quizá la duda estriba, primero, en si ello se hará de manera pacífica o a través de carpetas de investigación o solicitudes de detención por parte de autoridades norteamericanas y, segundo, en el comportamiento que aquellos asuman con la presidenta, su grupo y el gobierno una vez que se concrete su caída.
Los movimientos que han comenzado marca, en la real politik, el inicio de una etapa en la que la verdadera jefa del poder será la presidenta Claudia Sheinbaum. En el antiguo sistema político mexicano en el que gobernó el PRI esta situación era normal y las principales variables eran el tiempo y la forma en el que el sucesor decidía separarse del antecesor. En el primer caso, se requirieron 16 meses para que esto sucediera. En el segundo, estamos por conocer el estilo de la presidenta. Lo relevante, insisto, vendrá después. Las viejas formas eran funcionales a partir de dos grandes principios: por un lado, una formación política basada en la disciplina del priismo hacia el jefe en turno y, por otro, el uso de medios de control a partir de premios y castigos que iban desde embajadas, negocios o posiciones poco relevantes en el gobierno, hasta medidas extremas como la persecución, el ostracismo o la cárcel.
¿Será que el morenismo afecto a López Obrador tenga la capacidad de disciplina del viejo priismo en el que muchos como el propio ex presidente o Adán Augusto López se formaron, pero bajo cuya lógica no se construyó el partido guinda? Creo que no y más bien comenzará una lucha soterrada en la que los golpes, jaloneos y patadas – que no serán menores e inofensivos – se darán en la obscuridad. ¿Será que el estilo de Sheinbaum sea agresivo como el que Ernesto Zedillo mostró con Carlos Salinas que incluso llevó al encarcelamiento del Raúl, el hermano de este último, y a una huelga de hambre que terminó en un destierro por tierras irlandesas, o más bien se conformará con marginar a quienes hoy le ofrecen desobediencia, resistencia y confrontación? En este sentido, creo que mucho dependerá del papel que Trump juegue tanto para exigir como para apoyar a la mandataria mexicana. Es probable que Sheinbaum no ataque a López Obrador por gusto y convicción, pero tampoco se inmolará al punto de sacrificar su gestión para defenderlo.
Los días pasados y los que están por venir marcarán un antes y un después en aquello que Daniel Cosío Villegas definía como “el estilo personal de gobernar” y que trasciende, por mucho, a un programa de gobierno específico o incluso a una ideología compartida. El poder – lo saben quienes lo han tenido – no se comparte y solo sirve cuando se utiliza. Pronto, muy pronto, sabremos si las lecciones del economista e historiador fundador de El Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica siguen vigentes en las épocas de la transformación.
Profesor de la UNAM
Twitter: @JoaquinNarro
Correo electrónico: joaquin.narro@gmail.com