
¿Qué pasa con Marx Arriaga? Hace apenas unas semanas convocó a los “comités de defensa del obradorismo y de los libros de texto gratuitos” --formados por maestros leales—a levantarse en contra de la SEP que había traicionado, dijo, los ideales originales de la Nueva Escuela Mexicana.
El objetivo de la revuelta era refundar la Secretaría de Educación Pública, abandonar la educación neoliberal, privatizadora, y construir una nueva educación por la senda del humanismo obradorista. Esta extraña rebelión por su contenido y por su forma, merecía una reacción enérgica de parte de las autoridades.
Pero no la hubo. La presidenta de la república declaró que “no había revuelta” y que Marx Arriaga continuaba en su puesto.
Pero Marx Arriaga es un problema real para el grupo en el poder. Tiene un estilo personal delirante y profético. Los libros de texto que produjo durante su gestión son según él, Los Libros de Texto, obras canónicas, que nacieron de sus manos y, por lo mismo, están tocadas por una suerte de divinidad.
Esos libros cuasi sagrados han sido, sin embargo, objeto de agudas y profundas críticas terrenales. Diversos investigadores han señalado, por ejemplo, que algunos de los proyectos que contienen están erróneamente diseñados, que las obras documentales son deficientes y contienen errores, que algunos libros están cargados de doctrinarismo y que, en general, el diseño gráfico se excede en imágenes rurales e indígenas.
En los “libros del maestro” se desnudan y exhiben su cara más oscura: fueron redactados, seguramente, por el ala radical del equipo de Arriaga: son obras políticas, doctrinarias, ideológicas, que nunca tratan de instruir al docente sino reclutar a personas sin criterio propio; en ellos se elogia a las guerrillas urbanas y rurales que existieron en México en los años 70 y se presentan como héroes a los maestros Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas que fueron asesinados en Guerrero.
Pero la crítica más contundente es la que señala que en los primeros grados de primaria el aprendizaje de las matemáticas y de la lengua española es sumamente deficiente. Al parecer, fue una sugerencia de la presidenta CSP para que el Departamento de Investigación Educativa del CINVESTAV preparara unos cuadernillos complementarios lo que produjo la explosión de Arriaga.
“¡No! ¡No! ¡Mis libros nadie los toca!” fue la reacción histérica de Marx ante este tímido intento de cambio. Siempre hemos sabido que este hombre es jactancioso y presumido, frívolo y díscolo, pero ignorábamos el efecto de trasmutación que tendría la bendición de Beatriz Gutiérrez Muller sobre él: lo elevó a la categoría de un semidiós, lo eternizó como “el autor de los libros de texto que se conservarían sin modificación ad aeternum”.
Él no es presuntuoso, cree que tiene una jerarquía superior; él no escucha, predica. Pontifica. Lanza largas peroratas ante quien se deja perorar, pero no sabe dialogar, intercambiar. No hay en el mundo un ser humano, uno, que merezca el título de su igual. Él es el solitario Uno-Unum, el ombligo natural del mundo.
El escándalo que se produjo en las oficinas de Marx y que desembocó en su decisión de no abandonar su puesto --ni sus oficinas—es ridículo. El aprovechó el momento para movilizar a sus huestes y “pasar a la ofensiva”. Se atrincheró en su bunker. Pero, al parecer, no tiene ninguna salida.
El problema de fondo de la presidente CSP es no vulnerar la voluntad del ex presidente AMLO, aunque nunca se le mencione en la querella. Esa veneración por el anterior ejecutivo y ese temor a no quebrantar su voluntad es un auténtico lastre para México.
Nadie reconoce la verdadera estatura de este personaje; hay que examinar su auténtico perfil psicológico, sus habilidades --no retóricas sino técnico-pedagógicas-- y su verdadera estatura moral.