
El 6 de agosto de 1896, Porfirio Díaz se convirtió en el primer espectador del cinematógrafo de los hermanos Lumière en México, durante una función privada en el Castillo de Chapultepec organizada por los enviados Claude Ferdinand Von Bernard y Gabriel Veyre. Fascinado por el invento, el propio Díaz apareció en las primeras filmaciones realizadas en el país, entre ellas: El presidente de la República paseando a caballo. Aquella exhibición marcó el inicio formal del cine mexicano y abrió una etapa de asombro tecnológico y vocación documental. En esos años iniciales, Salvador Toscano consolidó esa mirada al registrar escenas de la vida política y social, construyendo una memoria visual de un país en transformación.
Durante la Revolución Mexicana, la cámara se volvió testigo directo de la historia. En 1914, la figura de Pancho Villa amplió la dimensión internacional del cine al firmar un contrato con la Mutual Film Corporation de Estados Unidos para filmar batallas reales a cambio de recursos y armamento. De ese episodio surgió la leyenda del “oro de Villa”, asociada a las ganancias obtenidas por aquellas filmaciones.
La Época de Oro proyectó a México al liderazgo del mercado hispanohablante. Allá en el Rancho Grande inauguró un ciclo de esplendor respaldado por un sólido sistema de estrellas como Pedro Infante, María Félix y Cantinflas. La construcción de los Estudios Churubusco en 1945 consolidó infraestructura, profesionalizó oficios y dio forma industrial a la producción cinematográfica.
El declive comercial de los años sesenta abrió paso a búsquedas diversas: cine de luchadores, comedias populares y nuevas miradas sociales. En ese contexto surgieron instituciones clave como la Cineteca Nacional y el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), orientadas a preservar el patrimonio y formar nuevas generaciones. A partir del año 2000, el nuevo cine mexicano alcanzó reconocimiento internacional con Amores perros y con la proyección global de directores como Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro G. Iñárritu. Cada etapa dejó aprendizajes sobre la relación entre política pública, industria y talento creativo.
Sobre esa tradición se inscribe el anuncio de la Presidenta Claudia Sheinbaum: un incentivo fiscal del 30 por ciento del ISR para producciones realizadas en territorio nacional. La medida establece un tope de hasta 40 millones de pesos por proyecto y exige el 70 por ciento de proveeduría nacional. El objetivo es atraer producciones de alto nivel, fortalecer la cadena completa —formación, producción, exhibición y preservación— y proteger a la industria frente a los desafíos que plantea la inteligencia artificial, resguardando el trabajo creativo y técnico.
Cada rodaje activa empleo especializado, servicios técnicos, infraestructura y circulación cultural. El respaldo de figuras como Salma Hayek y de productoras como Inna Payán subraya la relevancia del momento. El cine proyecta identidad, estimula el turismo y dinamiza economías locales. La ampliación de EFICINE, el fortalecimiento del CCC con su nueva sede en Chapultepec, el crecimiento presupuestal de IMCINE y la propuesta de una nueva Ley Federal de Cine y el Audiovisual delinean una política integral con una visión a largo plazo.
En este escenario conviene ampliar la mirada hacia los eslabones que sostienen nuestras instituciones culturales. La Cineteca Nacional, con sus tres sedes, opera gracias al trabajo comprometido de su personal: trabajadores de salas, taquillas, dulcería, acervos y servicios operativos que rotan entre sedes, quienes recientemente se manifestaron ante la falta de pago y han expresado inquietudes relacionadas con la estabilidad contractual, las condiciones laborales y la certidumbre en sus ingresos. Profundizar en esquemas que brinden mayor estabilidad fortalecerá la institución y dará coherencia al impulso que vive el sector.