Opinión

Libros, letras y letrinas

Entrega de Libros de Texto Gratuito en escuelas del Estado de México (Crisanta Espinosa Aguilar)

Orgulloso un funcionario de la secretaría de Educación Pública me llama y reclama: ahora a ver si le ponen peros a la nueva directora de Materiales Educativos (así llaman a los libros, como a los asesinos les dicen generadores de violencia); es bicultural, con 11 obras traducidas a más de una decena de idiomas. Es joven, es combativa y además representa el éxito de los pueblos originarios.

La mujer en cuestión es la señora Nadia López, quien, en 2018, al recibir el Premio Nacional de la Juventud, le dijo a Enrique Peña Nieto:

‘Tenga la seguridad de que hoy usted ha sembrado, en esta generación, la semilla para que en México crezcan todos nuestros sueños”.

Obviamente para quien de esa manera cumplía con un gesto hasta elegante de agradecimiento por la distinción, la máxima nacional para jóvenes excelentes, no define a esta mujer. Tampoco esas palabras limitan sus capacidades ni por ellas traiciona sus ideas. Nomás exageraba.

En aquella ocasión Nadia hizo un dolido recuento de su pobreza mixteca y el encuentro con su lengua murmurante y sus esfuerzos por vivir y sobrevivir su indigenismo. Ante un auditorio admirado por los rigores de su perfecta dicción y su bien elaborado discurso en la sala López Mateos de Los Pinos, dijo:

“...ser indígena significa atreverse a soñar en mixteco”.

Nadia les contó los presentes en aquella ocasión su labor de tallerista; sus intentos en poesía, narrativa y ensayo en su lengua materna y su compromiso por el rescate de las expresiones culturales originarias. Y le ha ido bien. Ahora puede recordar como algo lejano aquella disyuntiva entre comer un taco o pagar las copias de los trabajos escolares en la UNAM.

Donde yo no hallo tanta fortuna es en la calidad de su poesía. No se si se ha convertido en algo atractivo para editores o traductores por el hecho de haberse dicho en otra lengua o simplemente por el impulso de la corrección política en alabanza de cualquier expresión con pocos parámetros en lengua indígena.

Escribir con renglones separados y metáforas simples no hace poeta a nadie (¿a Nadia?).

Por otra parte, se puede poetizar en Mixteco, pero transcribir la oralidad resulta una mixtura, por la ausencia de un alfabeto como tal. Es una adaptación, como me decía Andrés Henestrosa: somos pueblos ágrafos.

Por ejemplo, Brenda Pensinger y Crescencio Serrano hicieron en 1969 un alfabeto mixteco ilustrado como parte del programa de la castellanización de la región de San Agustín Chayuco. Este libro bilingüe da a conocer todas las letras que se encuentran en la escritura de este dialecto de mixteco”, dicen en su presentación.

Pero más allá de los aspectos técnicos de la escritura, de la inexistencia de una grafía original, el contenido poético en la obra de la señora López no alcanza las alturas de otras voces literarias en español o en las traducciones castellanas de la lengua mixteca, lo cual tampoco es muy importante.

A ella la contrataron para hacer libros escolares de propaganda para un proyecto político y cultural propios de la IV-T si eso significara algo más allá de un lema de campaña.

No está ahí ni por su buena o mala literatura sino por formar parte de una corriente política a la cual servirá seguramente con eficiencia porque se trata de una mujer de empeño y talento. Pero aún en esas condiciones, la poesía es otra cosa:

“Mi madre dice que tengo los ojos de mi bisabuela. Recuerdo sus ojos mientras limpiaba maíz. Muchas veces la vi llorar, llorar cuando cocinaba, cuando cantaba, cuando ponía café. Es cierto, le pregunté ¿por qué lloras tanto má? Y ella me decía, así sin dejar de llorar,

porque nosotras tenemos ríos adentro

y a veces se nos salen, tus ríos aún no crecen,

pero pronto lo harán. Ahora lo comprendo todo,

ahora tengo ríos en mí y en mis ojos”.

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