Opinión

La muerte del longevo autor se conoce en la CDMX el mismo día en que algunos comentaristas opositores creen encontrar una oportunidad de crítica al obradorismo con la referencia al integrante de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt.

Cancha de Habermas, récords y Ormuz

Habermas El mundo perdió a uno de los grandes pensadores de las últimas décadas (EFE)

Aunque la Teoría de la Acción Comunicativa de Jürgen Habermas estaría disponible en inglés hasta 1984 —el mismo año del asesinato de Manuel Buendía—, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales el revuelo de Teoría y Praxis, escrita trece años antes así como el adelanto de aquella misma obra originada en 1981 en alemán, era ya parte de los cambios del debate en la década en la cual Claudia Sheinbaum con menos de 20 años se incorporaba al Cesoc y Clara Brugada andaba cerca de la OIR-LM y participando centralmente ya en la Ciudad de México.

Louis Althusser tenía novedosa relevancia, no solo para uno de sus admiradores más destacados, el Subcomandante Marcos, sino para decenas de estudiantes afanándonos por ejemplo en el Seminario de El Capital como una fuente de cultura general por las notas magníficas a pie página de Editorial Progreso y de un debate de búsquedas diversas para la plataforma de todo diálogo indispensable sobre lo público atravesando las inquietudes, dudas, sombrías evidencias y retos del socialismo realmente existente.

Cuando Habermas visitó México faltaban solamente dos meses para la caída del Muro de Berlín suscitada en noviembre de 1989.

La muerte del longevo autor se conoce en la CDMX el mismo día en que algunos comentaristas opositores creen encontrar una oportunidad de crítica al obradorismo con la referencia al integrante de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y desaprovechan la oportunidad de correlacionar la misma con las razones por las cuales la propia oposición no ha sido capaz ni de generar comunicación ni acción apropiada para, una de dos, fortalecerse ante la mayoría actual o enriquecer con alguna generosidad intelectual el indispensable debate público benefactor de todo desarrollo comunitario verificable.

Mañana dominguera de recordar a Habermas, de récords y revelaciones. La clase de futbol más grande del mundo en el Zócalo impuso marca con 9 mil 500 personas y transformó la plaza política más importante del país en escenario de un tipo de acción y de comunicación útil a la esfera pública como espacio de consolidación, resistencia y entendimiento mutuo. Brugada insiste en la paz frente a los excesos aludidos de un mandatario hegemónico emparentado con un perfil lejos de ideas democráticas en la política global.

El balón no es instrumento de poder, sino mediador de consensos al menos internos y con ciertamente menores concesiones frente al adversario. Una lógica ponderada por la Presidenta Claudia Sheinbaum con su mensaje en voz de la secretaria de Turismo federal, Josefina Rodríguez, de hacer del Mundial de Futbol una fiesta como lo ha iniciado ya la titular de turno de la CDMX, Alejandra Frausto. Brugada sin vacilaciones hace un llamado a la paz.

Figuras como las pioneras del Mundial de 1971, leyendas como el “Conejo” Pérez, Braulio Luna, Paul Aguilar, Kikín Fonseca o Adrián Chávez, transformaron la plaza en un sensor de ese sistema de alarma para reaccionar ante las pesadillas de guerras y acechanzas en el continente, en Cuba o Venezuela, en Medio Oriente e Irán o en las omisiones y comisiones respecto de Ucrania y Rusia.

La herencia de los 80 dejó una sociedad civil capaz de inundar positivamente el espacio público. Sheinbaum y Brugada capitanean ahora en lo federal y lo local estas aguas con objetivos convergentes. La Presidenta gestiona la fricción directa con Washington con mensajes nítidos: “hay quien dice que en México quién sabe quién gobierna. No, en México gobierna el pueblo de México”. La mandataria local hace del espacio público referente de acción comunicativa y oportunidad de meterle gol al odio y la indiferencia.

Frente a los buques en Ormuz, México opone la intención mediadora de su ética de paz en sus plazas. La legitimidad proviene de la capacidad ciudadana para la disposición crítica y constructiva, demostrando que, incluso bajo la sombra del hegemón, la fraternidad es la jugada más inteligente.

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