Opinión

Sociedad de crédulos

Credulidad
Credulidad Especial

Como dijo un teólogo alemán: el problema del totalitarismo nazi, no era la maldad en sí: “yo no veía monstruos alrededor de nosotros, sino personas ordinarias y pacíficas que simplemente se sometían, y profesionales cultos que pregonaban doctrinas violentas y destructivas”. La causa de todo no era la maldad sino la ausencia de personas autónomas, dueñas de sus propios criterios que pudieran soportar las presiones sociales del entorno.

En México tenemos una situación semejante: nuestra sociedad aplaude o guarda silencio ante quienes le despojan de derechos, desmantelan el estado democrático y le imponen un régimen dictatorial. No se trata de un problema de conducta individual, se trata de comportamientos colectivos.

Por ejemplo: el fenómeno del resentimiento social, el paternalismo clientelar, el falso orden binario (pueblo vs élites), la creación de un único liderazgo personal --intérprete legítimo de la voluntad popular--, la eliminación de contrapesos institucionales, la liquidación de la pluralidad política, etc. Ninguno de estos factores es reductible a la voluntad aislada de un ciudadano.

No somos limitados de inteligencia, somos, en cambio, una sociedad de crédulos. La credulidad a guiado la conducta de las masas y es la que explica por qué estamos donde estamos. Creemos en aquello que necesitamos que sea cierto para mantener nuestra visión del mundo.

Nuestra credulidad nace, primero, de nuestra condición social; nuestra supervivencia dependió en un momento dado de la pertenencia a un grupo. En la política moderna este hecho se refleja en las llamadas “conductas tribales”: aceptamos información sin cuestionarla si coincide con las ideas de nuestro grupo de pertenencia (nuestro bando o partido) o si confirma la maldad del adversario. La verdad se vuelve secundaria frente a la lealtad grupal.

Hay una serie de mecanismo mentales que refuerzan nuestra credulidad. Por ejemplo, el llamado sesgo de la confirmación, que consiste en que filtramos la realidad de modo que tendemos a aceptar lo que coincide con nuestras creencias y rechazamos, en cambio, lo que discrepa. Otro ejemplo es el llamado “efecto de la verdad ilusoria” según lo cual la simple repetición de una mentira la hace parecer verdadera.

Un mecanismo que reveló Daniel Kahneman en su “Piensa rápido, piensa lento” contribuyó a ampliar nuestro repertorio de creencias. Me refiero al Sistema 1 que es rápido, intuitivo y emocional (en cambio el Sistema 2, es lento, deliberativo y más lógico). El pensamiento rápido, dice Hohneman, tiene una perversa influencia sobre las impresiones intuitivas en nuestro pensamientos y en nuestra conducta.

También la credulidad se amplifica a través de los algoritmos. Las redes sociales crean “cámaras de eco” que eliminan el disenso

haciendo que las ideas extremas parezcan el consenso general. Cuando solo vemos una versión de la realidad, nuestra capacidad crítica se atrofia, dejando el terreno libre para el populismo y la desinformación.

Lo que hace falta es autonomía, libertad, en sentido estricto. Lo que hacemos normalmente es que creemos lo que se nos dice en los medios de comunicación sin atrevernos a poner en entredicho los discursos que emiten. Guiamos nuestros juicios por la opinión de los otros, de los amigos o de los vecinos o por las ideas que la prensa, la radio y la televisión repiten machaconamente.

Creemos porque necesitamos creer para construirnos un mundo de estabilidad, de coherencia, donde nos sentimos seguros.

La credulidad política nace de la necesidad de certidumbre en un mundo caótico. Se alimenta de nuestra inclinación natural a proteger nuestra identidad y se consolida cuando dejamos de ver la información como un dato y empezamos a verla como un arma de pertenencia. Combatir la credulidad nos exige menos pasión y una voluntad consciente para incomodar nuestras propias convicciones.

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