
Quien quiera ver en los alegatos furibundos y a veces pueriles del gobierno mexicano en relación con la súbita aparición del Mayo Zambada en un aeródromo texano, hace un par de años, el motivo problemático de la actual rispidez entre los dos países, no tiene antecedentes del verdadero temor mexicano: la intervención militar directa.
Eso en otras palabras se podría llamar, la invasión.
Esta palabra nos lleva a pensar en los tanques soviéticos sobre Budapest o Praga. Nos hace recordar Panamá y el barrio de “El chorrillo” o en Israel despedazando a los palestinos en Gaza.
No es necesaria tan absoluta y contundente manera.
Puede haber –como Donald Trump lo ha sugerido--, micro intervenciones selectivas, con una finalidad aparentemente de extrema nobleza: colaboración y compromiso compartido; auxilio desinteresado (más allá de su propia noción de la seguridad fronteriza) en el combate al narcotráfico dominante (o al menos actuante) en tantas zonas del país.
La realidad es otra, sin negar la existencia y veracidad de lo anterior: los Estados Unidos, cíclicamente, quieren dominar política y económicamente a México porque esa es su forma de ver la vida, su destino manifiesto.
La actual rispidez no es ni con mucho la peor, ni la única ni la primera. Tampoco será –cuando termine este episodio, seguramente en favor de sus intereses --, la última.
Como un ejemplo de lo que yo llamaría relaciones entre la hipocresía, la supremacía y la habilidad mexicana para evitar choques de frente, tomo algunos datos del libro “Un espía recorría los pasillos de la embajada estadunidense en México” de Rodolfo Villarreal a quien le agradezco el envío.
“...La historia que aquí se aborda –dice en su introducción—gira alrededor de eventos que se suscitaron entre 1925 y 1927 A lo largo y ancho de los pasillos de la embajada estadunidense en México; oficinas diversas del gobierno mexicano y las planas de los periódicos más importantes de los Estados Unidos de América. Esto concluiría durante 1928 en los salones del Senado estadunidense.
“Todo se inicia al darse a conocer que el gobierno mexicano tenía en su posesión documentos confidenciales robados de la embajada estadounidense en México. Ello se generó a partir de actividades de espionaje por vía doble.
Por un lado, el embajador estadounidense en México, James Rockwell Sheffield, decidió que para realizar mejor sus actividades requería contar con información de primera mano acerca de lo que el gobierno mexicano hacía y cuáles eran sus perspectivas reales con respecto a las relaciones con los Estados Unidos de América (EUA).
“En ese contexto se proveyó de fuentes de información que considera confiables, mismas que se materializaron a través de dos personas.
“Una era Miguel R. Ávila quien en los Estados Unidos decía ser nativo de San Antoni o, Texas y en México pasaba como natural de Saltillo, Coahuila.
“El otro proveedor de noticias era John Page quien se desempeñaba como corresponsal en México de “International News Service”.
“Lo que el embajador desconocía era que Ávila actuaba en el papel de un agente doble. Al mismo tiempo que le proveía información sobre el gobierno mexicano, Ávila operaba coludido con personal de la embajada para sustraer documentos de sus archivos, a la vez que fabricaba otros para entregarlos al ministro de Industria, Comercio y Trabajo, Luis Napoleón Morones Negrete quien finalmente, se encargaría que dichos legajos terminaran en el escritorio del estadista Plutarco Elías Calles Campuzano.
“Como resultado de esto las relaciones entre ambas naciones se deterioraron e inclusive el gobierno mexicano acusó akl estadounidense de preparar, en 1927, una invasión en contra de México.
“Estas imputaciones estaban sustentadas parcialmente en la información encontrada entre los documentos sustraídos y fabricados. Algunos de ellos eran “correspondencia oficial entre el secretario de Estado, Frank Billings Kellogg y el embajador Rockwell Sheffield, comunicados consulares, reportes del agregado militar y algunos documentos que evidentemente eran falsos...
“...Conforme a la versión proporcionada por quien entonces era gobernador de Tamaulipas y más tarde presidente interino de la república entre 1928 y 1930, Emilio Portes Gil, el presidente mexicano le instruyó para que si eso se suscitara (la intervención) dispusiera lo necesario para volar todos los pozos petroleros ubicados en el estrado de Tamaulipas...”
Al parecer hoy los espías se han quedado sin empleo.
Al menos los de esa categoría ambulante por los pasillos de las embajadas. Ahora el espionaje estadounidense consiste en urdir con un grupo de narcotraficantes la traición, captura, secuestro y extracción del capo de todos los capos. Sólo así se explica el enlace de inteligencia entre los sinaloenses del Chapo y el gobierno de Estados Unidos en perjuicio de sus paisanos, parientes y amigos del grupo mayista.
Esa relación corrompida fue aprovechada por la FBI para hacer –sin nadie para enterarse e impedirlo-- todo cuanto ya sabemos.
Lo preocupante no es que lo hayan hecho.
Lo grave es la ceguera de los sistemas de inteligencia anestesiados en México por los negocios del huachicol sin capacidad para proteger la soberanía nacional, violada desde antes de consumarse los hechos frente a cuya dimensión México no sabe todavía cómo responder sino tirando gañafones porque no puede embestir por derecho.
Para culminar una operación como el secuestro del mayo, el asesinato de Meleskio Cuén y todo lo demás, se necesita tiempo. Y durante todo ese lapso nadie supo; nadie vio. O por ineptitud o por colusión. O son pendejos o son cómplices, diría mi compadre Úrsulo.
En aquella historia de los años 20 del siglo pasado, las cosas se solucionaron cuando ambos presidentes hicieron contacto para compartir y elucidar la falsedad de los documentos cuya peligrosidad había puesto en grave riesgo el equilibrio binacional.
El gobierno americano instaló una comisión en el Senado porque se debían aclarar acusaciones contra varios senadores en la conspiración instigada por la cadena de periódicos de William Randolph Hearst.
Así como ahora el gobierno mexicano acusa a fuerzas de la derecha de impulsar el intervencionismo, en aquellos años –con la Guerra Cristera en desarrollo-- la ultraderecha (los Caballeros de Colón) -- le pidió el presidente Coolidge sus “buenos oficios para lograr la paz entre la Iglesia Católica y el Estado mexicano”. Coolidge no cayó en la trampa.
Calles dio por terminado el asunto en su IV Informe de Gobierno:
“...Muy conocido por su difusión el escándalo que un sindicato de periódicos norteamericanos abrió contra México y su gobierno, fraguando para tal fin documentos torpemente urdidos logrando únicamente reafirmar la buena fe y la rectitud de este gobierno en sus propósitos internacionales...”
Pero hoy quien atiza la hoguera no son los periódicos del Ciudadano Kane: es el presidente de los Estados Unidos personalmente hasta la saciedad (hasta la suciedad).
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