
México vive atrapado en un círculo vicioso del que no ha logrado escapar. Paradójicamente, tener como vecino a la economía más grande e influyente del mundo no se ha traducido en una ventaja competitiva.
El desacoplamiento comercial entre Estados Unidos y China abrió una oportunidad histórica para convertir al país en el gran destino del nearshoring, pero esa expectativa quedó muy por debajo de lo prometido. El resultado es un crecimiento económico que ni siquiera alcanza el 1%, una cifra que refleja un preocupante estancamiento.
Las consecuencias ya son visibles. El empleo formal pierde dinamismo mientras la informalidad alcanza ya al 55% de la población ocupada. Al mismo tiempo, la inversión pública y privada continúa debilitándose y acumula una caída de 6.6% desde 2025.
En los últimos meses se han anunciado cifras positivas de inversión extranjera. Sin embargo, la mayor parte corresponde a reinversiones de empresas que ya operaban en México, no a la llegada de nuevos capitales. Reinvertir significa conservar operaciones; atraer nuevas inversiones implica generar nuevas plantas, empleos y cadenas de valor.
Buena parte de esta situación tiene su origen en el enorme desequilibrio fiscal heredado. El déficit público de 2024 cerró en 5.7% del PIB, el más elevado en tres décadas. Hoy el presupuesto federal destina la mayor parte de sus recursos al pago de pensiones, deuda y programas sociales, dejando escaso margen para invertir en infraestructura, educación, salud o proyectos productivos que impulsen el crecimiento.
A este escenario se suman factores que han deteriorado la confianza de los inversionistas. Las reformas constitucionales, particularmente la judicial, así como la creciente intervención del Estado en sectores estratégicos como energía y agua, modificaron las reglas del juego y elevaron la percepción de incertidumbre jurídica. En economía, la confianza es un activo invaluable; cuando se pierde, el capital simplemente busca otros destinos.
Los problemas estructurales tampoco ayudan. México arrastra desde hace décadas una elevada informalidad, un sistema educativo rezagado y bajos niveles de productividad. Los resultados de las pruebas PISA mantienen al país entre los peores desempeños de la OCDE y, mientras el mundo acelera su transición hacia la inteligencia artificial y la economía digital, casi la mitad de las escuelas mexicanas continúa sin acceso a internet. Difícilmente puede aspirarse a competir en industrias de alto valor cuando millones de jóvenes carecen incluso de herramientas básicas para hacerlo.
La inseguridad constituye otro factor que desalienta inversiones y también limita el desarrollo regional, encarece las operaciones empresariales y reduce las oportunidades para millones de mexicanos que permanecen atrapados en condiciones de pobreza.
Como si el panorama interno no fuera suficientemente complejo, el entorno internacional añade nuevos obstáculos. La relación con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados en años. Las tensiones políticas con Washington han derivado en amenazas arancelarias y en un nuevo esquema para el T-MEC que sustituye la certidumbre de largo plazo por revisiones anuales. Para las empresas multinacionales, que planean inversiones con horizontes de 15 o 30 años, esta incertidumbre representa un incentivo para posponer o cancelar proyectos de relocalización.
A ello se suma la presión comercial sobre sectores estratégicos como el automotriz, el acero y el aluminio, donde la amenaza permanente de nuevos aranceles encarece las cadenas de suministro y reduce la competitividad de las exportaciones mexicanas.
Romper este círculo vicioso exige mucho más que discursos optimistas. México necesita reconstruir la confianza, garantizar certidumbre jurídica, impulsar la inversión en infraestructura, educación, innovación y tecnología, además de facilitar la transición de millones de trabajadores hacia la formalidad. El país debe dejar de competir únicamente por ofrecer mano de obra barata y apostar por la generación de conocimiento, productividad y mayor valor agregado.
El desafío es enorme, pero seguir administrando el estancamiento resultaría mucho más costoso. Gobierno y sector privado necesitan construir, con sentido de urgencia, una estrategia conjunta que devuelva confianza a los inversionistas y siente las bases de un crecimiento sostenido. De lo contrario, México continuará atrapado en el mismo círculo vicioso.
@fer_martinezg
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