
Si lees mis columnas semanales habrás notado algo: rehúyo el tono confrontante, la estridencia del momento o el estilo guerrero. No sé si esa sea la razón por la que me leas, pero sea cual sea, posiblemente estes consciente de que, en estas columnas, el grito destemplado no encuentra lugar.
Eso es una decisión personal que tomé hace tiempo. Y aunque no es cosa común en un columnista explicar su estilo, hoy quiero hacerlo, porque en este diálogo que mantenemos tú y yo, es importante tener las cosas claras.
Estamos en un momento en el cual cualquier cosa que sucede en el campo político es, de inmediato, tachada de “lo más antidemocrático que se ha visto” y al mismo tiempo de “ejemplo de un compromiso con la voluntad popular”. Esto es lógico, nos encontramos en un doble cambio: de régimen, en lo político; y de paradigma, en el pensamiento.
Y cada postura tiene sus adalides, algunas plumas de muchos quilates, otras de medio pelo, algunas francamente ilegibles.
No estoy seguro que esto será reflejo de un debate real en la ciudadanía, que desde luego existe y es más bien enconado en algunos círculos académicos, profesionales o similar. Sin duda muy presente en redes y amplificado por el time line de cada persona; para probarlo te invito a que revises tu propia cuenta de X o de TikTok y veas las opiniones políticas que ahí encuentras.
En este escenario lo común es la columna de chisme político; y no me lo tomes a mal, es parte de la sana dieta diaria y sin duda se trata de platos normalmente bien sazonados que, si bien pueden ser poco digeribles, sin duda salpimentan la sobremesa lectora.
También encontramos los textos flamígeros de quienes con dedos llameantes señalan los defectos y errores, clamando al cielo por una purga de los pecados para que, mediante una contrición guiada por su moral superior, se pueda purificar la vida pública.
En todo caso, estos tipos de expresiones están muy bien representados en el debate público, los periódicos digitales e impresos engalanan sus páginas con nombres que resuenan con los ecos de la importancia, de los cargos pasados, de las glorias académicas, de los “buenos conectes que me informan de manera cotidiana”.
Así, pensé: ¿qué puedo ofrecer que resulte interesante? Y mejor aún: ¿cuáles son los ojos y el entendimiento para el que quiero escribir? Dos preguntas fundamentales que me formulo siempre al escribir mis columnas.
Respondiendo sinceramente a la primera cuestión te digo que lo que busco es presentarte el análisis de temas que me parecen importantes y con una proyección más o menos amplia en el tiempo. Eso implica que en algunas ocasiones me ocupo de situaciones inmediatas o cercanas, y en otras de temas que más bien pareen no llamar la atención de nadie, pero que sin embargo me resultan de interés o que merecen la atención pública.
Pero la segunda pregunta es más interesante: busco lectoras y lectores que deseen algo más que la estridencia diaria, que no les guste que les regañen por sus decisiones políticas, y que mucho menos necesiten que alguien les diga qué deben pensar. Quiero ojos inquisitivos acompañado de mentes abiertas, que sean capaces de pensar más allá de lo inmediato, que cuenten con la virtud de cuestionarse sus propias convicciones.
Y lo anterior lo trato de lograr con un estilo que funda en un texto lo mismo la referencia literaria o filosófica, el dato oportuno y, sobre todo, preguntas reflexivas. No me interesa pontificar, lo que busco es provocar tus reflexiones.
Tu juzgarás si lo que lees en mis textos te parece interesante. Yo te pregunto, ¿eres el tipo de lector/a que busco?