Deportes

‘Para entender el deporte mundialista’

Cuando los inevitables dejaron de serlo

SELECCIÓN NACIONAL DE CABO VERDE. La historia salió a jugar sin espinilleras. (David Leah/David Leah)

Hay selecciones que llegan al Mundial con apellido de monumento. Alemania no entra: aparece. España no juega: se presenta con expediente cultural. Portugal trae esa seguridad de quien ha aprendido a mirar al rival como trámite. Brasil, incluso cuando duda, duda con cinco estrellas encima.

Son países que parecen inevitables. No porque siempre ganen, sino porque antes del partido ya ocupan demasiado lugar en la imaginación. El rival todavía se está acomodando las medias y la historia ya le ve perdiendo uno a cero.

Pero el futbol, cuando todavía tiene salud, comete insolencias.

Ecuador le ganó a Alemania. Cabo Verde empató con España. RD Congo le sacó un empate a Portugal. Marruecos sostuvo la mirada de Brasil. Sudáfrica eliminó a Corea del Sur y entró por primera vez a una fase de eliminación directa.

El marcador dirá que son resultados. El marcador siempre dice lo mínimo con una seguridad admirable. Pero debajo de esos números ocurre otra cosa: una pequeña rebelión contra el organigrama del fútbol.

La historia no marca goles si no baja a correr.

EL PEQUEÑO YA NO VINO A DECORAR LA FOTO

Durante mucho tiempo, algunos equipos parecían convocados para cumplir una función ornamental. Llegaban al Mundial a resistir, perder con dignidad, sonreír ante las cámaras, hablar de aprendizaje y regresar a casa con una maleta llena de experiencia, esa palabra que los grandes le regalan a los pequeños cuando les quitan los puntos.

El pequeño debía ser noble. El grande, inevitable.

Pero Ecuador no aceptó la cortesía. Empezó perdiendo contra Alemania y, en vez de obedecer al libreto, lo corrigió. Una remontada no es sólo una remontada; es una falta de respeto al destino. Alemania marcó temprano, como quien firma un documento conocido. Ecuador respondió como quien rompe el formulario.

Cabo Verde hizo algo todavía más raro: empató sin goles contra España. El cero a cero suele tener mala fama, porque a veces es una siesta con árbitro. Pero cuando un debutante mundialista empata sin goles contra una potencia, el cero deja de ser vacío. Se vuelve muralla. Se vuelve acta de presencia.

Hay empates que no reparten puntos: reparten dignidad.

RD Congo volvió después de medio siglo y empató con Portugal. Medio siglo es mucho tiempo incluso para una ausencia. Hay países que no regresan al Mundial: contestan tarde. Y cuando contestan frente a Portugal, Cristiano, Europa y todo ese aparato de luces, el regreso deja de ser nostalgia y se vuelve interrupción.

Marruecos, por su parte, ya no puede ser tratado como milagro. Esa es su verdadera victoria. Cuando una sorpresa se repite, deja de pedir asombro y empieza a exigir respeto. Marruecos ya no toca la puerta del futbol grande; entra, se sienta y pregunta contra quién sigue.

EL PRESTIGIO TAMBIÉN SE CANSA

No conviene exagerar. Las potencias siguen siendo potencias. Tienen ligas, dinero, banca, estrellas, entrenadores, ciencia deportiva, analistas, hoteles mejores y esa confianza desagradable de quien ha ganado antes. El mundo no se volvió justo porque Ecuador remontó o Cabo Verde cerró la puerta. Ojalá la justicia fuera tan sencilla como una pelota bien defendida.

Pero el Mundial no necesita abolir las jerarquías para humillarlas un rato.

Esa es su belleza. Durante noventa minutos, nadie gana por decreto. La camiseta pesa, claro. Pero debe moverse. El himno emociona, pero no presiona. El escudo intimida, pero no marca. La historia acompaña, pero si se queda parada, estorba.

Y el prestigio sudado se ve menos divino. Se le ven las costuras. Se le nota la edad. Reclama al árbitro. Mira el reloj. Se queda sin aire. Descubre, con cierta vergüenza, que el rival también trajo piernas.

El futbol necesita estas tardes para no convertirse en una oficina de favoritos. Si siempre ganaran los mismos, la pelota pediría asilo en otro deporte. Por eso celebramos al que incomoda, al que no venía en el pronóstico, al que obliga al narrador a corregir el tono, al que convierte la palabra “debería” en un mueble viejo.

Los inevitables dejaron de serlo no porque hayan desaparecido, sino porque alguien los obligó a trabajar.

Y quizá ahí esté la lección más fina de este Mundial: el pequeño no siempre gana, pero ya no pide permiso para existir. El grande no siempre pierde, pero ya no puede ganar dormido. La jerarquía sigue ahí, sólo que ahora tiene que correr en público.

La camiseta pesa.

Pero no corre sola.

Tendencias