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‘Ecos del Mundial’

El error entró a revisión

. Foto: (Cortesía)

El futbol creyó haber encontrado una solución muy seria: ponerle pantalla al error. Antes el árbitro se equivocaba a la intemperie, sudando, rodeado de insultos, con la culpa visible en los zapatos. Ahora el error entra a una cabina, se sienta, toma café invisible y regresa vestido de procedimiento.

EL VAR NO MATÓ LA DISCUSIÓN: LE PUSO AIRE ACONDICIONADO.

Eso vimos en este Mundial, donde la tecnología dejó de parecer herramienta y empezó a parecer personaje. Egipto salió contra Argentina con la sensación de que no sólo había perdido un partido, sino una discusión contra una pantalla. Suiza terminó mirando la expulsión de Embolo como quien mira una justicia que aprendió a hablar en cámara lenta. Y Estados Unidos tuvo su propio episodio con Balogun, Trump, FIFA y esa incomodidad antigua: cuando el poder llama por teléfono, hasta el reglamento parece contestar.

El futbol quiso quitarle humanidad al error. Se le olvidó que la pantalla también es mirada humana, pero con enchufe.

LA DUDA AHORA USA PROTOCOLO

Antes la sospecha era más sencilla. Uno decía: “el árbitro se equivocó”, y ahí empezaba la carnicería verbal, muy democrática, muy de banqueta. Había insulto, había memoria, había conspiración doméstica. El error tenía cara. Se le podía gritar.

Ahora la duda viene con líneas, ángulos, repeticiones, siglas, tiempos muertos y una solemnidad de quirófano. La cámara lenta no busca necesariamente la verdad; busca que la duda camine despacio, con zapatos limpios.

En Argentina-Egipto no se discutió sólo una jugada. Se discutió algo más delicado: quién tiene derecho a decidir cuándo una imagen ya dijo lo suficiente. Porque la imagen no habla sola. La imagen es muda hasta que alguien la traduce. Y el traductor, por mucho monitor que tenga, sigue siendo un señor con criterio, miedo, formación, presión, cansancio y quizá una idea secreta de lo que debe pasar.

Con Suiza ocurrió otra vuelta de tuerca: el VAR (del inglés Video Assistant Referee) no corrigió únicamente una falta; corrigió la identidad del culpable. Eso ya parece novela policial escrita por burócratas. El jugador que parecía víctima terminó castigado. La jugada que parecía una cosa se volvió otra cuando la pantalla la miró con más autoridad que misericordia.

El futbol, que antes tenía errores veloces, ahora tiene errores pensativos. No sé si eso sea progreso o sólo una manera más elegante de equivocarse.

LA JUSTICIA TAMBIÉN PUEDE HACER RUIDO

El problema no es que exista el VAR. Sería absurdo pedirle al futbol que renuncie a ver mejor. El problema es creer que ver mejor equivale a entender mejor. Hay gente que mira mucho y comprende poco; la tecnología, cuando se pone orgullosa, puede pertenecer a esa familia.

Este Mundial agrandó todo: más equipos, más partidos, más caminos, más terceros lugares, más cruces, más pantallas, más procedimientos. FIFA quiso hacer una fiesta más grande y terminó construyendo también un laberinto más grande. Y en los laberintos la justicia se cansa antes de encontrar la salida.

El formato de 48 selecciones tiene algo de generoso y algo de monstruoso. Abre puertas, sí. Pero cada puerta nueva trae su propia cerradura. Más países significan más historias; también más zonas grises, más comparaciones imposibles, más partidos donde una decisión técnica pesa como sentencia.

Por eso el caso Balogun incomodó tanto. No porque un jugador sea más importante que un torneo, sino porque mostró una pregunta que el futbol detesta: ¿quién revisa al que revisa? Si una sanción cambia después de una llamada poderosa, la independencia empieza a sudar. Y cuando la independencia suda, todos miran el piso.

LA SOSPECHA MODERNA

El futbol no necesita ser perfecto. De hecho, parte de su belleza viene de que no lo es. Lo peligroso es cuando el error se disfraza de exactitud. El viejo árbitro podía equivocarse y sabíamos que era humano. La nueva pantalla se equivoca con la voz de quien presume no hacerlo.

Esa es: ya no tememos sólo al error. Tememos al error que llega con uniforme de verdad.

Tal vez el VAR no vino a terminar con la injusticia, sino a recordarnos que la justicia, cuando entra al estadio, también necesita revisión.

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