Deportes

Para entender los Juegos Centroamericanos y del Caribe

El videojuego pidió uniforme

ESports. El estadio encendió la pantalla.

El deporte tiene una costumbre antigua: desconfía de lo nuevo hasta que lo necesita. Le pasó al profesionalismo, a la televisión, al patrocinador, al cronómetro electrónico, al videoarbitraje y ahora le pasa con los deportes electrónicos. Primero los mira de reojo. Después les abre una puerta lateral. Al final, si producen audiencia, medallas y ceremonia, les busca himno.

En Santo Domingo 2026, los eSports debutan oficialmente en los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Del 30 de julio al 2 de agosto tendrán competencia propia en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte. Es decir: el videojuego, ese muchacho que durante años fue acusado de no salir al patio, por fin llegó al patio vestido de atleta.

El joystick pidió uniforme.

Y la discusión apareció de inmediato, como aparecen todas las discusiones donde una generación descubre que ya no administra sola el diccionario. ¿Eso es deporte? ¿Dónde está el cuerpo? ¿Dónde está el sudor? ¿Dónde está el esfuerzo? Preguntas legítimas, aunque a veces dichas con la soberbia del que cree que su infancia fue la última autorizada.

EL CUERPO TAMBIÉN TIENE DEDOS

La objeción más común es el cuerpo. Se dice que en los eSports no hay cuerpo, como si los reflejos vivieran en una nube administrativa. Pero ahí están la vista, la mano, la espalda, el pulso, la coordinación, la reacción, la postura, la respiración, el cansancio mental, la repetición casi maniática del gesto.

El cuerpo no siempre corre. A veces apunta.

No todo esfuerzo deja lodo en los zapatos. Hay esfuerzos que dejan muñecas tensas, ojos secos, espalda rota, sueño fragmentado y una concentración tan fina que cualquier parpadeo parece una imprudencia. El atleta tradicional entrena para dominar el espacio físico. El jugador electrónico entrena para dominar un espacio fabricado, pero no por eso menos exigente.

Claro: no es lo mismo un combate de boxeo que una partida digital. Pero tampoco es lo mismo un maratón que el ajedrez, ni el remo que el tiro con arco, ni el levantamiento de pesas que la vela. El deporte nunca fue una sola cosa. Fue muchas maneras de poner al ser humano en aprietos.

Los eSports no vienen a reemplazar al deporte de músculo visible. Vienen a incomodarlo, que es otra forma de pertenecer.

LA MEDALLA CAMBIÓ DE ENCHUFE

La llegada de los eSports a unos Juegos regionales no es una simple ocurrencia moderna. Es un síntoma. La región está aceptando que la competencia ya no ocurre sólo donde hay pista, alberca, tatami o diamante. También ocurre donde hay pantalla, estrategia, reflejo, comunidad digital y jóvenes que aprendieron a competir en lugares que los adultos confundían con pérdida de tiempo.

Toda generación llama distracción a la seriedad de la siguiente.

Eso no significa aceptar todo sin discutir. Al contrario: los eSports obligan a preguntar con más cuidado qué convierte una práctica en deporte. ¿La fatiga? ¿La competencia? ¿La destreza? ¿La repetición? ¿El público? ¿La federación? ¿La posibilidad de perder con dignidad y culpar al control, como antes se culpaba al viento, al árbitro o al pasto?

Quizá el deporte no se define por una sola respuesta, sino por una escena: alguien entrena durante años para que, en un momento preciso, su cuerpo —visible o mínimo, entero o concentrado en la mano— no lo traicione.

Los Juegos Centroamericanos y del Caribe nacieron en 1926 con siete deportes y 269 atletas. Casi un siglo después, reciben competencias que sus fundadores no habrían podido imaginar. Eso no cancela la tradición; la pone nerviosa, y una tradición que no se pone nerviosa de vez en cuando empieza a parecer museo.

El Videojuego Llegó Tarde, Sí.

Pero llegó con calendario, sede, uniforme y medalla.

Ahora habrá que mirarlo competir antes de decidir si sólo estaba jugando.

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