Cronomicón

Cuentos SOGEM

Quedarse es otra forma de perder

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Penélope siempre pensó que los trenes no eran para quedarse, sino para aprender a despedirse. Desde la banca de madera, con la pintura descarapelada y el hierro frío filtrándose hasta los huesos, observaba el mismo reloj detenido ––o al menos así lo sentía–– sobre el andén. Había algo en ese tic-tac constante que no avanzaba en su vida, como si el tiempo, en lugar de moverse, se hubiera quedado esperando junto a ella.

Dicen que la espera es una forma de fe, pero también podría ser una forma lenta de perderse. Si alguien le hubiera preguntado ––si alguien realmente hubiera querido escuchar––, Penélope habría dicho que no esperaba a nadie, que simplemente le gustaban los trenes, el sonido metálico, la vibración que recorría el suelo antes de que aparecieran, que le gustaba imaginar destinos que no eran el suyo. Solo que esa era la versión sencilla, la que no dolía.

La otra versión… la que evitaba nombrar… era distinta. Si aquel día no hubiera dicho “vete”, tal vez él se habría quedado. Si hubiera corrido detrás del tren en lugar de quedarse inmóvil, tal vez él habría mirado por la ventana. Si hubiera sabido que el orgullo pesa más que el amor cuando se convierte en silencio… quizá ahora no estaría sentada ahí.

El viento levantó un mechón de su cabello y Penélope lo acomodó con un gesto automático. A su lado, una maleta vieja –vacía– hacía más de adorno que de intención. Nunca viajaba, nunca se iba; solo estaba ahí, como una promesa que no pensaba cumplir. Había aprendido a sostenerse en los “si hubiera”, porque los “si hubiera” no exigen moverse, no obligan a cambiar nada.

–¿A qué hora pasa el próximo tren? –preguntó una voz joven, rompiendo la quietud. Penélope parpadeó, como si regresara de un lugar muy lejos.

–A las seis con veinte ––respondió, sin mirar.

Siempre había los horarios, todos, aunque no tomara ninguno. El chico agradeció y se alejó. Su paso tenía prisa, dirección, propósito. Penélope lo siguió con la mirada unos segundos y luego volvió al frente. Si ella hubiera tenido esa claridad, si hubiera entendido que el amor no se prueba esperando, sino avanzando, quizá su historia habría sido otra.

Entonces recordó su sonrisa, la de él, la forma en que le hablaba sin palabras, como si el mundo fuera más fácil cuando estaban juntos. Y también recordó la discusión, las palabras mal dichas, el silencio final.

–no te voy a detener –había dicho ella. Y él, obediente, no se quedó.

El tren de las seis con veinte llegó puntual. El sonido la atravesó, como siempre. La gente subía, bajaba, corría, abrazaba: historias completas sucediendo en minutos. Penélope se quedó sentada, como siempre, hasta que, por primera vez en años, algo cambió.

No fue un pensamiento claro ni una revelación, sino una incomodidad, una grieta. Si él regresara hoy, si de pronto apareciera bajando de ese tren, si la mirara y le preguntara por qué sigue ahí… ¿qué respondería? La pregunta no la consoló, la expuso, porque por primera vez el “si” no la protegía: la confrontaba.

Se puso de pie. El movimiento fue pequeño, pero le costó como si cargara todo ese tiempo detenido en los hombros. Miró el tren, la puerta abierta, a la gente. Podía no significar nada, podía ser un error, podía arrepentirse después, y si subía, tal vez dejaría de imaginar vidas para empezar a vivir una; si avanzaba, tal vez entendería que esperar no era amar.

Penélope dio un paso, luego otro y, sin pensarlo más —porque pensarlo siempre la había detenido—, subió al tren. No sabía a dónde iba, no sabía qué iba a encontrar, no sabía si él estaba en algún lugar de ese mundo que apenas iba a empezar a recorrer. Pero por primera vez, el tiempo no estaba detenido. Mientras el tren arrancaba, ella miró por la ventana. El andén se alejaba: la banca, la maleta olvidada, el reloj. Todo quedaba atrás y, en ese movimiento, en ese instante mínimo, entendió algo que nunca había querido aceptar: no era él quien no regresó, era ella quien nunca se había ido.

La historia de Penélope no terminaba en la espera; a veces apenas comienza cuando decides levantarte.

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