Opinión

El giro cubano

Cuba

La apertura económica anunciada por el gobierno cubano constituye el cambio más importante en la organización de la economía desde las nacionalizaciones de los años sesenta. Las reformas surgen de una necesidad material antes que de una conversión ideológica. La economía cubana se contrajo 1.9 % en 2023 y 1.1 % en 2024. Distintas estimaciones oficiales calculan una caída cercana al 5 % durante 2025, lo que implicaría una contracción acumulada superior al 15 % desde 2020.

A ello se suman apagones recurrentes, deterioro de la infraestructura energética, escasez de combustibles y una inflación que ha erosionado el salario real durante varios años. El embargo estadounidense sigue restringiendo el acceso a financiamiento, inversión y comercio internacional, sin mencionar las recurrentes amenazas de invasión a la isla.

La migración masiva de los últimos años revela otra dimensión de la crisis. Miles de jóvenes, trabajadores calificados y profesionales han buscado fuera de la isla las oportunidades económicas que el país no ha podido ofrecer. La relevancia del giro cubano no radica únicamente en las 176 medidas aprobadas. Lo verdaderamente significativo es que el Estado reconoce, de hecho, que el modelo construido durante décadas ya no logra generar los niveles de producción necesarios para sostener el bienestar social.

El principal problema de Cuba dejó de ser la distribución de la riqueza para convertirse en la generación de riqueza. Durante décadas, la Revolución logró avances extraordinarios en salud, educación y protección social. Sin embargo, esos logros dependían de una economía capaz de financiarlos.

Por esa razón, el gobierno comenzó a flexibilizar principios que durante mucho tiempo fueron considerados intocables. La expansión de las mipymes, la posibilidad de acumular propiedad empresarial, la apertura a la inversión extranjera, la creación de bancos privados, la autonomía para importar y exportar, la transformación de empresas estatales y la incorporación económica de la diáspora responden a una misma lógica: el Estado busca movilizar recursos que ya no puede generar por sí solo.

Desde una perspectiva de izquierda, la cuestión central no consiste en condenar o celebrar el mercado. El debate consiste en determinar quién orienta el desarrollo económico y quién captura sus beneficios. El mercado puede aumentar la inversión, estimular la innovación y elevar la productividad. También puede ampliar desigualdades, concentrar riqueza y debilitar mecanismos de cohesión social.

La experiencia cubana muestra una paradoja histórica. La planificación centralizada permitió resistir décadas de bloqueo, construir capacidades estatales y garantizar derechos sociales básicos. Con el paso del tiempo, la misma estructura generó rigideces burocráticas, escasos incentivos productivos y una creciente distancia entre las necesidades económicas y las formas de gestión existentes.

Lo que emerge hoy se parece a un socialismo de mercado. El referente implícito se encuentra en China y Vietnam. En esos casos, el mercado dejó de ser visto como una amenaza ideológica y pasó a ser un instrumento de desarrollo bajo conducción estatal.

La discusión sobre Cuba suele plantearse como una elección entre socialismo y capitalismo. Las reformas sugieren algo diferente. El gobierno parece haber concluido que la supervivencia del proyecto revolucionario exige incorporar instrumentos de mercado que durante décadas fueron rechazados.

La paradoja es evidente. La apertura económica aparece como el camino elegido para preservar un sistema que nació cuestionando precisamente la lógica del mercado. El desafío será aumentar la producción sin sacrificar la cohesión social y generar crecimiento sin reproducir desigualdades incompatibles con los ideales que dieron origen a la Revolución.

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