Opinión

La Odisea y los malos anfitriones

Matt Damon como Odiseo
Matt Damon como Odiseo ¿Cuánto dura La Odisea de Christopher Nolan y de qué trata la película? (EFE)

La Odisea es una de las obras seminales de la literatura occidental. Es un relato que ha sido vuelto a contar innumerables veces, y de muy distintas maneras. Afortunadamente, ha vuelto a ponerse de moda por la espectacular película dirigida por Christopher Nolan, estrenada recientemente. Vale la pena tomar el tema, y usar la adaptación cinematográfica como pretexto para hacer algunas reflexiones más actuales.

La película de Nolan cumple con creces el propósito de presentar una epopeya visual y emocionalmente envolvente, con muchos aspectos a analizar y debatir. Como toda adaptación, lleva consigo una visión particular, personal, de la obra original, lo que nos recuerda -a su vez- que todo libro, o filme, es obra de su autor sólo en parte, y la otra parte corresponde a la manera en la que el lector o el espectador lo procesan.

Cuando leí La Odisea (una versión en prosa, hace muchos años), se me grabaron fijamente varios de sus episodios en la memoria, pero otros fueron al olvido. Como buen latinoamericano, ya se sabe que lo hacemos todo en desorden, la leí antes que La Ilíada, con lo que me perdí de la posibilidad de hilar bien las dos historias. Que la película sí sea capaz de hacerlo habla de un buen ejercicio de comprensión histórica del poema.

Pero Nolan hace una versión muy propia, se salta alguna de las aventuras relatadas por Homero, fusiona otras e incluye un final que no es el del libro (spoiler: en el poema, Telémaco no es rey de Ítaca sino hasta después de la muerte de Odiseo). Me parece que lo hace con un propósito definido, que quién sabe si los espectadores serán capaces de captar: enviar mensajes sobre el mundo actual.

Por ejemplo, se salta el paso de la tripulación por la Isla de los Lotófagos, que es donde los compañeros son invitados a comer flores de loto y, al consumirlas, olvidan su patria, su familia y sus deseos de regresar; se olvidarán hasta de sí mismos. Odiseo los obliga a regresar al barco. A cambio del dolor del viaje, mantendrán la esperanza en el futuro.

En el filme, Calipso alimenta al naufrago Odiseo con flores de loto, y luego lentamente permite que le regrese la memoria y cuente su odisea (así es como los espectadores la van conociendo). En el poema, en cambio, Odiseo nunca comió de esas flores y, por lo tanto, jamás olvida; Calipso le ofrece su amor y la inmortalidad, a cambio de que no regrese, pero los dioses la obligan a renunciar al amado y construirle una balsa. Odiseo es aparentemente feliz, pero la memoria y la nostalgia lo torturan: su sino es regresar. En el filme, Calipso decide por su cuenta.

Hay varias escenas particularmente logradas en la película. Una, visualmente, es el paso por la Isla de las Sirenas. Otra, la transformación de los marineros en cerdos que hace una hechicera Circe entendida en clave neofeminista. Otra, visual y emocionalmente impecable, es la visita de Odiseo al inframundo, que le ayuda a comprender muchas cosas.

La película cumple con el cometido esencial del relato: el largo periplo del héroe que regresa a casa, pero regresa cambiado, porque lo sucedido en el viaje lo ha transformado. Odiseo ya no es Odiseo e Ítaca ya no es Ítaca. Es un camino en el que ha aprendido lecciones y regresa con una sabiduría duramente aprendida. Pero el filme hace hincapié en un aspecto en el que, al menos en mi lectura juvenil, yo no había reparado: el concepto antiguo de xenía, el contrato de hospitalidad entre anfitriones y viajeros, según el cual los primeros tienen la obligación de dar hospitalidad y protección a los segundos; y éstos, de no abusar de la generosidad del anfitrión y devolver el favor, si fuera el caso (es lo que en el filme llaman “la ley de Zeus”).

Ese es un punto central de La Odisea de Nolan. Cumplir con las leyes de la hospitalidad es un elemento nodal de la civilización griega (es decir, de la madre de la civilización occidental). Quien las desafía puede terminar pagando muy caro -como el Cíclope, como los pretendientes-, pero, sobre todo, quien ya no se rige por ellas termina convertido en un bárbaro, en todo aquello a lo que teme una sociedad civilizada. La xenía es la que hace la diferencia entre una horda de salvajes y una colectividad que pretende la paz social.

La reflexión de Nolan, en boca de Odiseo (pero no de Homero, que yo sepa) es que la Guerra de Troya, con su crueldad, sus mentiras y sus trampas, convirtió a los civilizados griegos en salvajes. Eso, a pesar de que la guerra misma nació de una violación a la ley de los anfitriones (Paris que enamora y secuestra a Helena). Al romper la xenía, con el engaño del Caballo de Troya, con tal de ganar la guerra, los griegos se despojaron a sí mismos de su estatus civilizado. Sigue que todos los pueblos dejan de lado las leyes que permiten la convivencia humana. Al haber destruido la seguridad de los troyanos distorsionando las leyes de la hospitalidad, Odiseo pierde el derecho a llegar fácilmente al suyo. Los dioses lo castigan con ese viaje terrible. Eso lo comprende sólo al final, al llegar al lugar de donde salió.

Uno no puede sino pensar en los ecos políticos que eso tiene en la actualidad. En Trump, por ejemplo. Un líder xenófobo, belicoso, nacionalista y más poderoso de lo que quisiéramos admitir. Un ejemplo de lo contrario a la xenía, pero no el único. O pensar en la ola de rechazo a los migrantes, o de repudio a los de otra tribu política, ideológica, nacional o religiosa: un mal social que abarca medio planeta, y que no se calma ni en los momentos de júbilo colectivo. Sirva como advertencia: pensando en que se vale de todo para “ganar”, nos estamos despojando de nuestra esencia civilizada. Eso vale para toda actividad humana. Vivimos una crisis de convivencia. Me parece -mi lectura personal, al fin y al cabo- que Nolan nos envió un mensaje al respecto, basado en un texto de hace casi tres milenios.

Twitter: @franciscobaez

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