
El tema de la falta de ética en los entornos escolares y académicos no es nuevo ni obedece a un episodio específico, como recientemente se pretende hacer con el examen de ingreso a la licenciatura de la Universidad Nacional Autónoma de México. La cuestión sobre los principios y valores en espacios que uno asumiría como ajenos a la trampa y la deshonestidad, la mentira y la chapuza, ha estado presente en todo momento y no obedece, nunca lo ha hecho, a lo que en distintos momentos hemos concebido como propio de “la modernidad”, aquella novedad tan pasajera como el instante mismo que al paso de un segundo deja de ser. Quizás es justo por esto que cuando hablamos de la ética convendría más observar a la sociedad misma en cuanto a sus parámetros sobre lo correcto y lo exitoso, que a los individuos en lo correspondiente a sus comportamientos específicos. Me explico.
El tramposo lo es porque frente a sí no encuentra un freno lo suficientemente claro que le haga desistir de una conducta. La recompensa que se puede obtener por cometer una trampa suele ser mayor al castigo que la colectividad podría infligirle en caso de ser descubierto. Pensemos en aquellos personajes que han logrado enormes fortunas al amparo del fraude y el engaño. ¿El lector y la lectora pensarán que quienes miran al defraudador no saben lo que hace y es por desconocimiento que el pillo continúa con sus trapacerías? Pocas veces sucede así. En realidad, si quien se aprovecha del engaño a otros para obtener una ganancia indebida lo hace en grande y con ello se convierte en el paradigma de lo que la sociedad considera como ‘exitoso’, entonces la gran mayoría le aplaudirá y le considerará un modelo a seguir. Así, el valor para la sociedad, aunque no nos guste reconocerlo, no es obrar de forma correcta de acuerdo con aquello que consideramos como generalmente aceptado y aceptable, sino hacerlo obteniendo un lucro o beneficio que nos coloque en una condición de superioridad frente a la mayoría, incluyéndonos a nosotros mismos. El éxito (material) por encima de lo correcto (axiológico).
La trampa y el engaño, pues, son síntoma lo mismo que enfermedad, porque muestran a una sociedad que padece del olvido de lo ético y develan la podredumbre de valores y principios con los que podemos llenarnos la boca, pero que pocas veces suelen ser sostenidos por las acciones. En este caso, el axioma parece ser que todo está permitido, incluso aquello que señalamos como incorrecto, siempre y cuando el resultado sea superar a otros, lo mismo en una cuenta bancaria que en el puntaje de un examen. Cuando algo se así se acepta de manera generalizada y es tolerado por la mayoría, la responsabilidad de ello no puede recaer en un individuo o incluso en un sector, sino que tiene que ser asumida por la totalidad de quienes formamos una sociedad basada en una cultura específica. Piénselo así de claro, lectora, lector: cuando la recompensa que se puede obtener es mayor no solo para quien comete la trampa, sino para el resto que la observa, la tentación de llevarla a cabo es prácticamente irresistible. Y ahí, sin duda, el tramposo tiene un nivel de responsabilidad o culpa igual que la de la tolerante colectividad.
Quizá sea momento de detenernos a mirar hacia adentro lo que como sociedad valoramos y reconocemos para encontrar las dramáticas diferencias y discordancias entre lo correcto y lo exitoso. Si el éxito es el dinero, lo correcto no será la honestidad. Si el éxito es la fama, lo correcto no serán los escrúpulos. Si el éxito es un título universitario, lo correcto no será el aprendizaje. Debemos parar de súbito para reflexionar sobre esto y pensar más en el proceso que únicamente en el resultado. E incluso ahí, cuando nos detengamos en el ‘cómo’ por encima del ‘qué’, más tarde que temprano será necesario cuestionar el ´para qué’. Estas respuestas, quizá, nos permitirán volver a encontrar la brújula que nos permita tomar el timón de una nave que hoy flota a la deriva sin más rumbo que el que marcan el viento y las corrientes. Es momento de tomar el control del barco pare definir el puerto al que queremos llegar y trazar la ruta a partir de la cual deberemos de sortear peligrosas tormentas que intentarán hundirnos en la profundidad. El momento de volver a empalmar a la ética con la sociedad es ahora y ya no puede esperar. El buen destino del buque que tripulamos depende de ello.
Profesor de la UNAM
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