
El gran filósofo Platón planteó en La República Ideal el valor fundamental de la justicia en la organización política, económica y social de una sociedad. Desde luego en una sociedad ideal en la que los individuos cumplen sus funciones de manera adecuada en concordancia con su naturaleza propia, en la que los gobernantes poseen el conocimiento para gobernar y guiar a la sociedad de manera adecuada.
En su obra, el maestro heleno sugiere que en efecto son los filósofos los que poseen el conocimiento para gobernar. En sus diálogos sobre la justicia, uno de los personajes de Platón habla de que la justicia es lo que le conviene al más fuerte. Claramente el argumento es refutado para explicar que en esencia la justicia no es para el gobierno sino para el pueblo.
Poco más de dos mil años después de estas reflexiones sobre el sentido de la justicia y de los más aptos para dirigir una sociedad, es fácil percatarse de lo lejos que las sociedades en general están de los ideales platónicos. Y eso que Platón no se adentró en el estudio propiamente de las relaciones de poder entre países, ni de la justicia a nivel internacional.
Tomemos el estado actual del país que a todo lo largo del siglo XX no sólo se erigió como el farol de la democracia sino que activamente, al menos en el discurso, abocó todos sus esfuerzos internacionales -de injerencia e intervención- a la promoción de la democracia y de los derechos humanos como valores fundamentales para un supuesto mundo mejor.
A juzgar por el carácter y naturaleza de las intervenciones operadas, pareciera que el criterio ejecutor giró en torno a lo sostenido por el personaje mencionado anteriormente en los diálogos sobre la justicia.
En columnas anteriores nos hemos referido a la investigación de Lindsey O’Rourke, quien documentó que en el periodo de 1947 a 1989, el gobierno norteamericano ejecutó setenta operaciones de cambio de régimen en el mundo. Sesenta y cuatro de ellas a través del método de operaciones encubiertas, es decir, a través de métodos instigación y de espionaje. Dichas operaciones incorporaron una amplia gama de métodos que fueron del asesinato del líder de un país, el apoyo y patrocinio de golpes de Estado, a inmiscuirse para manipular una elección democrática y la ayuda secreta o informal a grupos disidentes para propiciar disturbios y caos. (Covert Regime Change: America’s Secret Cold War, Cornell Univ. Press, 2018)
Probablemente el fenómeno más sorprendente en años recientes, es que el mandatario de ese país, el que ganó las elecciones para su segunda presidencia en 2024 prometiendo entre otras cosas, retirar a su país de las guerras eternas y acabar con la práctica -fracasada- de hacer ingeniería social como en Irak o Afganistán a inicios del siglo XXI, por citar algunos ejemplos, no sólo mantiene a su país en una guerra altamente impopular a los ojos de sus ciudadanos, fundamentalmente por tratarse de un esfuerzo bélico en favor de un tercer país y que además ha traído carestía a sus bolsillos, en contra del llamado país persa, sino que pareciera empeñado ya no en lograr un cambio de régimen en ese país (lo cual en realidad no es de sorprenderse habida cuenta de lo explicado líneas arriba) sino de una cambio político en su propio país.
A nadie escapa el hecho de que ha venido gobernando de manera autoritaria, a punta de decretos, de espaldas al congreso, tratando de acallar las voces disidentes o críticas de sus políticas y acciones, polarizando a su sociedad alimentando temores y rechazos entre grupos sociales. Ni que decir del talante autoritario e intolerante de quienes lo acompañan en este empeño como parte de su equipo de gobierno. Además, ha hecho prevalecer la mentira, la manipulación y el enriquecimiento personal y de sus allegados, utilizando los instrumentos del poder.
No queda claro de si se trata de hacer transitar el régimen democrático y republicano de su país hacia una plutocracia en lo interno, la cual a su vez pueda adueñarse de los recursos naturales de otros países para instaurar una forma particular de imperialismo en lo externo. Es muy confuso, salvo las intenciones de acumular poder y riqueza que son claras.
La buena noticia, o mejor dicho, la gota de esperanza, es que a pesar de ese esfuerzo de control desde el poder, y a pesar de sus muchas fallas e injusticias, la democracia estadounidense sigue funcionando, y de cara a las elecciones legislativas de mitad de mandato, programadas para el próximo mes de noviembre, las expectativas de un cambio en la integración de las dos cámaras legislativas son promisorias.
En lo que se llega a esa cita, el mandatario en funciones a quien le faltan dos largos años de gobierno para seguir promoviendo tropelías y abusos, sigue acumulando impopularidad.
A manera de ejemplo, baste con mencionar que en reciente ejercicio demoscópico se mostró que el presidente tiene índices negativos de aprobación en 47 de 50 estados (YouGov/Economist). Ello en adición a que consistentemente las encuestas han venido mostrando a lo largo del año la permanente pérdida de aceptación de su figura entre ciudadanos de todos los espectros de la política, incluyendo los de su propio partido. Obviamente, su impopularidad es mayor entre votantes independientes y demócratas. Comparativamente, a estas altura, es el mandatario más impopular de la historia reciente, incluso en cotejo con su primera presidencia.
El personaje juega con la posibilidad de un tercer mandato aunque parezca increíble.