
1.
Moscas (2026), el quinto largometraje del director de cine mexicano Fernado Eimbcke (México, 1970) tiene la peculiaridad de emparentarse estilística, atmosférica y temáticamente con su primera y celebrada realización de 2004: Temporada de patos.
Las dos nos presentan retratos en blanco y negro de la vida cotidiana en las grandes unidades habitacionales que se construyeron en la Ciudad de México en los años dorados del Milagro Mexicano, y la consolidación del presidencialismo postrevolucionario. No es casual que a ambas se les bautizó con el nombre del mandatario en turno: Temporada de Patos se filmó en un departamento del Conjunto Habitacional “Presidente López Mateos” de Tlatelolco (inaugurado en 1964), y Moscas en el “Centro Urbano Presidente Alemán” al sur de la ciudad (inaugurado en 1949).
Dos joyas de la arquitectura funcionalista, concebidas por el genio de Mario Pani para alojar a una nueva y modesta clase media a la que la Revolución les hizo la justicia que prometió en sus discursos. Dos propuestas de ladrillos y concreto de una misma utopía urbana, fracturada por el paso del tiempo, y por los múltiples descalabros económicos, políticos y sociales de las décadas posteriores. Una clase media idealizada por la demagogia gubernamental, cuyo ascenso y descenso quedó, en el mejor de los casos, en manos de modernísimos elevadores con tendencia recurrente a la descompostura.
A estas dos formas de la vivienda urbana en las que se tradujo la Revolución institucionalizada, Eimbcke añade otro emblema capitalino para situar la trama de su nuevo largometraje: el “Hospital 20 de Noviembre” del ISSSTE, inaugurado en 1961 en la esquina de Félix Cuevas y Avenida Coyoacán, según el diseño de otro de los grandes arquitectos mexicanos de la pasada centuria: Enrique Landa.
(Este hospital, hoy convertido en “Centro Médico Nacional”, es especialmente significativo para mí porque fue ahí donde me parió la profesora de primaria Socorro Mora, una mañana de noviembre de 1967. Yo crecí, además, en otra unidad habitacional capitalina de nombre insuperable: “Alianza Popular Revolucionaria”).
Alojar con dignidad a la clase media no fue menos relevante para el régimen priista que el anhelo de ampliar y fortalecer el sistema de salud para los trabajadores del Estado. Ambas aspiraciones sobreviven, maltrechas, estoicas y resilientes, en el México del primer tercio del siglo XXI. En ese sentido podemos encontrar en Temporada de Patos y en Moscas dos lecturas severas y polisémicas del modelo de país y de ciudad que heredamos del siglo XX, cuando ya nadie se acuerda ni menciona a la Revolución Mexicana.
2.
La exploración de las adolescencias y de las infancias ha sido el otro hilo conductor en la producción fílmica de Eimbcke. Con enorme pericia e ingenio ha enriquecido esa suerte de retablo testimonial teñido de realismo que aparece en sus películas, con pinceladas de humor y levedad que acercan el territorio de la comedia a lo que también de rigor documental se asoma en sus producciones y que, especialmente en Moscas, desplazan los márgenes previsibles de lo melodramático a los territorios más digeribles de lo entrañable, hilarante, e íntimo.
Una madre ausente detona la trama en Temporada de Patos: un domingo cualquiera, tras su partida para asistir a una comida familiar, dos adolescentes se darán a la tarea de explorar el pequeño universo contenido en un departamento de Tlatelolco, y combatirán a los demonios de la abulia con dosis sucesivas de refresco, pizza, video juegos y galletas de marihuana.
Un padre ausente por 24 horas (para trabajar y poder pagar las medicinas que el no muy danés sistema de salud mexicano no le puede proporcionar a la paciente)conduce el hilo de Moscas: en su ausencia, un niño cruzará una y otra vez el puente imaginario que une esas dos utopías del antiguo régimen (la unidad habitacional y el hospital público), para averiguar por el estado de salud de su madre, que lucha contra el cáncer en un pabellón incierto del nosocomio, cuyo nombre se lo debemos al calendario oficial de la Revolución Mexicana.
Un repartidor de pizzas, y una joven adolescente en el umbral del estallido hormonal, acompañarán a los dos adolescentes de Temporada de Patos en este otro Viaje alrededor de mi habitación (1794), a la manera de Xavier de Maistre. Una vecina gruñona y deprimida, que renta habitaciones para los familiares de los internos fuereños del hospital (cuya fuente de desasosiego la trama nos reserva hasta casi el final); y un camillero del hospital, hablanchín y bonachón, acompañarán al niño en su búsqueda de la madre agonizante, a un tiempo ausente y presente en la película.
En ambas historias, los video juegos ya hoy arcaicos -el “FIFA “de Nintendo en Temporada de Patos, y el aún más antiguo combate contra hileras de marcianos invasores que sembró de maquinitas tragamonedas a las farmacias y las papelerías de la ciudad en Moscas- servirán como telón de fondo. Hay también, en ambas películas, el recurso del baile espontáneo que funciona para aderezar la trama y destensar la tragedia.
3.
Moscas cuenta la historia de Olga, Tulio y Cristian, tres personajes cuyas vidas se entrelazan alrededor de la enfermedad grave de un cuarto personaje ausente: la madre de Cristian.
Olga, una mujer solitaria y huraña, decide rentar una habitación de su departamento por necesidad económica. Su inquilino es Tulio, quien llega a la ciudad con Cristian, su hijo de nueve años, mientras su esposa recibe tratamiento contra el cáncer en el hospital de enfrente. Como el acuerdo de alquiler no contempla al niño, el padre lo introduce a escondidas. Cuando Tulio debe ausentarse para trabajar y costear las medicinas, Cristian queda sólo, en la compañía indolente de Olga, a quien pone a prueba su muy limitada paciencia de casera. Entre sus intentos de entrar al hospital para visitar a su madre, y los combates contra invasores espaciales en una maquinita de videojuegos, el niño busca sobrellevar la espera. Entre la habitación rentada, la unidad habitacional en semi ruinas y sus alrededores, y el pabellón inaccesible, su periplo consiste en tratar de comprender aquello que los adultos apenas logran explicarle.
El videojuego ofrece una traducción provisional de ese desconcierto. Combatir a los invasores espaciales permite imaginar la enfermedad como una batalla susceptible de ganarse mediante la destreza y la perseverancia. Olga terminará por ayudarlo a franquear la barrera hospitalaria, y también a mejor su puntaje en la caza de marcianos. Ese acercamiento nos permite conocer también el dolor que sostiene su aislamiento. La pérdida y el miedo a volver a encariñarse encuentran, en la presencia del niño, una inesperada posibilidad de compañía.
Dos aciertos sostienen especialmente la película. El primero es la dirección de actores: Teresita Sánchez y el niño Bastián Escobar construyen una relación convincente mediante miradas, resistencias y gestos cotidianos, sin necesidad de convertir cada encuentro en una declaración sentimental. El segundo es la manera de integrar el humor a una historia atravesada por la enfermedad y el duelo.
Las actuaciones infantiles no han sido, salvo excepciones memorables, el fuerte del cine mexicano: con demasiada frecuencia oscilan entre la recitación escolar y una ternura acartonada para complacer a los adultos. Por eso resulta tan luminosa la interpretación de Bastián Escobar. Su Cristian es inquieto, divertido, impertinente y vulnerable, sin que ninguno de esos registros parezca impuesto. Hay en su actuación una naturalidad que sostiene buena parte de la fuerza emocional de Moscas. El niño merece, por lo menos, un Ariel.
Eimbcke reconoce que, incluso en los días más difíciles, la vida conserva su capacidad de distraernos, sorprendernos y conmovernos. En esa convivencia del humor y el dolor reside buena parte de la fuerza de Moscas: una película que encuentra en los pequeños gestos del cuidado entre desconocidos una forma de hacer más llevaderos la incertidumbre, la soledad y el miedo. A su manera, esta película cierra, de manera tardía e inesperada, el largo y fatigoso ciclo mexicano del cine de la Revolución. Sin balas, ni cartucheras, ni caballos, ni sombreros.