Opinión

Lula y la esperanza indomable

Lula Da Silva

Luiz Inácio Lula da Silva conoce el precio de abrirse paso en un mundo que parece reservado para otros. Nació en la pobreza, trabajó con las manos, organizó a los obreros y llegó a la presidencia de Brasil. Conoció también la cárcel, la humillación pública y el regreso. Hoy, a una edad en la que muchos dirigentes se retiran de la vida política, vuelve a colocarse en el centro de la historia brasileña. Su trayectoria habla de una tenacidad personal extraordinaria, pero también de millones de personas que han encontrado en ella una parte de su propia historia. Su cuarto mandato democrático completo marca un hito para Brasil y América Latina. Y la forma en que lo consiguió importa tanto como la cifra. Desde el retorno de la democracia brasileña en 1985, ningún presidente había logrado remontar en la segunda vuelta una desventaja electoral registrada en la primera. Lula lo hizo frente a Flávio Bolsonaro, al sumar más de diez millones de votos en las tres semanas entre ambas rondas. Su rival añadió 3.6 millones. El resultado le dio una ventaja mayor que la obtenida en 2022 frente a Jair Bolsonaro, padre de su adversario.

Detrás de esos números hay algo que merece mirarse de cerca. Diez millones de votos adicionales no aparecen por generación espontánea. Se construyen con conversaciones, recorridos, organización, argumentos y la decisión de personas que encuentran razones para intervenir. En cada voto hay una voluntad individual; en millones de ellos, la posibilidad de torcer el rumbo de un país. Ahí vive una de las convicciones más hondas de la izquierda. La gente puede cambiar las cosas cuando deja de enfrentar sus problemas en soledad y descubre lo que puede hacer junto a los demás. La democracia cobra sentido cuando quienes viven de su trabajo, quienes cuentan cada peso para llenar la despensa, quienes esperan una escuela digna o atención médica oportuna cuentan con la fuerza necesaria para exigir que sus necesidades ocupen el centro de las decisiones públicas. Por eso el regreso de Lula importa más allá de las fronteras brasileñas. Mientras gobiernos y fuerzas de derecha avanzan en distintos países de la región, el resultado brasileño recuerda que América Latina conserva una historia política propia, atravesada por las luchas sociales, la desigualdad y la aspiración persistente de vivir con dignidad. Ninguna corriente tiene asegurado el futuro. Cada sociedad vuelve a decidirlo desde sus heridas, sus esperanzas y sus posibilidades de organización.

Pero la celebración convive con una advertencia. Flávio Bolsonaro rechazó reconocer el resultado y anunció que buscaría judicialmente la anulación de la elección, alegando irregularidades relacionadas con la extensión del horario de votación. La derecha, además, conserva una presencia importante en el Congreso y en los gobiernos estatales. Lula llega con una victoria histórica, pero con un margen político estrecho para gobernar. El respaldo de las urnas tendrá que convertirse en acuerdos, políticas públicas y mejoras palpables para la población. Esa será la medida profunda de su nuevo mandato. La memoria de los trabajadores y de los sectores populares que hicieron posible su regreso merece mucho más que discursos conmovedores. Merece derechos, oportunidades y una vida menos incierta. La esperanza también exige cuentas, resultados y la valentía de corregir los errores.

Lula puede encarnar esa historia, pero jamás será su único protagonista. La fuerza que lo llevó de nuevo a la Presidencia pertenece a quienes se organizaron, defendieron sus convicciones y acudieron a las urnas creyendo que su decisión podía cambiar algo. Un pueblo que descubre su propia fuerza deja de ser espectador de la historia. Comienza a disputarla.

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