Opinión

La izquierda que aún no nace

Mapa de Latinoamérica
Mapa de Latinoamérica Crédito: Shutterstock

El avance de la derecha radical que se observa en América Latina desde Argentina hasta Ecuador y desde Chile hasta Colombia, no puede explicarse únicamente por un hipotético “giro ideológico conservador” de las sociedades de la región. Es, sobre todo, el resultado de una crisis de la izquierda realmente existente que se expresa en la dificultad creciente para interpretar las nuevas desigualdades que afectan a los ciudadanos, para representar a los nuevos sujetos sociales que emergen desde las sombras de la exclusión y la vulnerabilidad, y para ofrecer un horizonte de futuro que vaya más allá de la administración burocrática del presente. En otras palabras, la derecha avanza sobre los vacíos que ha dejado la izquierda.

La paradoja es que las desigualdades económicas, sociales y políticas continúan siendo uno de los principales problemas en Latinoamérica, pero la izquierda ha perdido capacidad para presentarse como la fuerza política capaz de resolverlas. Recordemos que la desigualdad no es solamente una diferencia de ingresos, sino una expresión de la concentración del poder económico y político. Cuando la izquierda deja de disputar esas estructuras y se limita a administrar los programas sociales, pierde una parte fundamental de su razón de ser. La derecha en cambio, ha aprendido a convertir el malestar social en un discurso político sencillo donde inseguridad, corrupción, privilegios de la clase política, impuestos, burocracia, inmigración o la pérdida de autoridad son presentados como consecuencia de un Estado ineficiente y de unas élites políticas incapaces de gobernar.

La fuerza de la derecha no proviene necesariamente de que haya disminuido la desigualdad. Proviene de su capacidad para interpretar mejor el descontento. La izquierda habla frecuentemente de redistribución mientras que la derecha habla de orden, la izquierda habla de derechos mientras que la derecha habla de seguridad, la izquierda habla de inclusión mientras que la derecha habla de mérito, la izquierda habla del pasado y de sus conquistas, mientras que la derecha promete el futuro. Además, uno de los grandes problemas políticos contemporáneos es confundir a la izquierda con el gobierno.

En varios países latinoamericanos la izquierda llegó al gobierno, pero asumir el poder no significa construir una izquierda renovada. Cuando una fuerza históricamente crítica se convierte en gobierno corre el riesgo de sustituir la transformación social por la administración estatal, el proyecto por el programa y la movilización por la maquinaria electoral. La consecuencia produce una paradoja: puede existir un gobierno identificado con la izquierda mientras la izquierda como cultura crítica, intelectual y emancipadora se debilita. En síntesis: la izquierda ha perdido parte de su identidad porque los antiguos sujetos, lenguajes y conflictos ya no explican adecuadamente el mundo contemporáneo. El problema no es que hayan desaparecido la desigualdad, la explotación o la injusticia. El problema es que la izquierda ya no posee el monopolio político de su interpretación.

Una de las claves del ascenso de las nuevas derechas latinoamericanas es que han logrado presentarse como fuerzas de ruptura. Incluso, cuando defienden políticas económicas tradicionales, consiguen aparecer como lo nuevo frente a una política tradicional agotada. Esto es especialmente importante entre jóvenes que no se sienten representados por las viejas categorías de izquierda y derecha. Para ellos, las antiguas luchas ideológicas pueden parecer pertenecientes a otro tiempo. La derecha contemporánea ha comprendido algo que la izquierda no siempre ha entendido: quien controla la imaginación del futuro posee una enorme ventaja política.

El futuro de América Latina no está predeterminado. El ascenso de las derechas tampoco significa automáticamente el fin de la izquierda. Puede significar, más bien, el final de una determinada forma de ser de izquierda. La verdadera derrota de la izquierda ocurre cuando deja de imaginar el futuro. Su verdadera recuperación comenzará entonces cuando vuelva a convertir la igualdad en una promesa política.

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