
Los personajes históricos mueren dos veces: cuando desaparecen físicamente y cuando dejamos de hacerles preguntas. Benito Juárez escapó a ese destino. Hace ciento cincuenta y cuatro años dejó de latir su corazón, pero la pregunta que dio sentido a su vida sigue esperando respuesta: ¿puede sobrevivir una República cuando los principios dejan de ser más importantes que los hombres?
En julio de 1872, Juárez sabía que la enfermedad avanzaba. Desde hacía tiempo padecía angina de pecho. Una tarde el dolor se volvió insoportable. Llamó a su sirviente, Camilo, y pidió que buscara al doctor Ignacio Alvarado. La medicina de entonces era impotente frente a un corazón enfermo. El médico ordenó hervir agua y la aplicó sobre el pecho descubierto del presidente. Juárez soportó el tratamiento sin una queja. Horas después quiso levantarse para recibir audiencia. El médico se lo impidió. Incluso cuando el cuerpo comenzaba a rendirse, el deber seguía ocupando el primer lugar. La noche del 18 de julio de 1872, la angina regresó por última vez. Murió Benito Juárez. Pero aquella noche no murió únicamente un hombre. Comenzó el examen permanente de la República que había salvado. La tradición cuenta que, frente a su féretro, uno de sus antiguos colaboradores golpeó tres veces el ataúd con una espada flamígera y exclamó: —¡Levantaos, señor presidente! ¡De pie, de pie! ¡Usted siempre permaneció de pie!
Sea exacta o no la escena, expresa una verdad más profunda que cualquier documento. Aquellas palabras no estaban dirigidas al hombre que acababa de morir. Estaban dirigidas a quienes debían defender los principios por los que él había vivido. Porque Juárez nunca peleó únicamente contra un ejército extranjero. Combatió algo mucho más difícil de vencer: los privilegios.
Cuando Francia intervino en México, parecía imposible resistir. De un lado estaban Napoleón III, el ejército más poderoso de Europa y un imperio decidido a imponer un monarca extranjero. Del otro, un presidente obligado a trasladar su gobierno de ciudad en ciudad, sosteniendo la legalidad con poco más que su convicción. Víctor Hugo inmortalizó aquella desigualdad con una frase extraordinaria: «De un lado, dos imperios; del otro, un hombre.» Sin embargo, esa no fue su mayor victoria. La verdadera hazaña de Juárez consistió en demostrar que ningún poder —militar, religioso, económico o político— podía colocarse por encima de la ley. Las Leyes de Reforma no sólo separaron a la Iglesia del Estado; separaron a México de una tradición de privilegios que durante siglos había impedido la igualdad jurídica de los ciudadanos. Pero los privilegios tienen una extraordinaria capacidad para sobrevivir. Sólo cambian de uniforme.
En el siglo XIX vestían sotana, espada o títulos nobiliarios. En el XXI pueden llamarse corrupción, captura de las instituciones, concentración del poder económico, manipulación tecnológica o desinformación organizada. Cambian los actores; permanece el desafío. Por eso Juárez no pertenece al pasado. Pertenece a cada generación que debe decidir si la ley gobernará al poder o si el poder terminará gobernando a la ley. Quizá, si caminara hoy entre nosotros, no preguntaría quién ganó la última elección. Preguntaría algo infinitamente más incómodo: ¿Gobierna realmente la ley?
Hace más de siglo y medio dejó escrita una advertencia que conserva toda su fuerza: «Esa Constitución no será la befa ni el escarnio de los hombres que desean vivir sin ley para dar rienda suelta a sus pasiones criminales.» Y añadió una convicción que sigue siendo el fundamento de toda democracia: ninguna Constitución existe para proteger a los gobiernos; existe para proteger a la nación, incluso de sus propios gobernantes. Las libertades también pueden morir. No siempre desaparecen con estruendo. A veces se extinguen lentamente, cuando la sociedad deja de defender sus instituciones, cuando el interés público cede ante el interés privado o cuando los ciudadanos aceptan que los principios son negociables.
Quizá por eso aquellos tres golpes con la flamígera sobre el ataúd siguen resonando. No buscaban despertar a Juárez. Buscaban despertarnos a nosotros. Porque los hombres pasan. Los principios permanecen… pero sólo mientras exista una sociedad dispuesta a ponerse de pie para defenderlos. Esa fue la última lección de Benito Juárez. Y acaso sea también la más urgente para el México del siglo XXI.